Guadalajara, Jal.- Si tienes acceso a un crédito de vivienda por 700 mil pesos y deseas comprar en el Área Metropolitana de Guadalajara, no lo dudes más: elige una, la que quieras, pero que sea en Arbolada del Mirador, un lugar precioso en el municipio de Tlajomulco de Zúñiga que bien podría ser considerado el Edén en México.
Lagos artificiales, arcoíris todo el año, colibríes en tu ventana, el último pájaro dodo vagando por ahí y mucha, pero mucha felicidad, a cambio nada más y nada menos que de dos mil 500 pesitos mensuales durante los próximos 15 o 30 años de tu vida. Cómo decirle no a una oferta así de tentadora, ¿cierto?
La realidad es que ese paraíso hasta hace no mucho era conocido como Chernóbil. Era la etapa 15 del megadesarrollo habitacional conocido como Lomas del Mirador que al final terminó en el abandono porque Homex, la empresa desarrolladora, quedó en bancarrota por un fraude contable, dejando miles de departamentos en obra negra.
La distopía al estilo Jalisco: decenas de edificios abandonados y un campo de cultivo para el consumo de drogas, el vandalismo, la delincuencia y, cómo no, las exploraciones nocturnas, o como nos gusta llamar a los poetas de la noticia: turismo de ultratumba con millones de clics en redes sociales.
Desde que inició la actual administración, el gobierno de Tlajomulco anunció su intención de entrar de lleno a ese espacio para dejar atrás el bien ganado mote de Chernóbil mexicano y recuperarlo. De esta forma, hace un par de semanas el alcalde Gerardo Quirino anunció que esa oscura etapa había quedado atrás con ayuda del gobierno federal y, cómo no, de empresarios.
El problema es que el sendero del bien está rodeado de buenas intenciones, pero también de las mismas inercias que nos trajeron aquí. Porque los empresarios no son la solución, sino el origen del problema. Ellos son el “boom” habitacional desordenado que comenzó desde el sexenio de Vicente Fox, cuando se construyó sin planeación, sin servicios y sin ciudad, sólo con la promesa de vender techo barato aunque fuera en medio de la nada.
Y en esa ecuación, los ayuntamientos tampoco salen bien librados. Más cercanos al desarrollador que al ciudadano, durante años autorizaron que se levantaran miles de viviendas sin garantizar lo mínimo indispensable. Porque una casa no es sólo cuatro paredes: es agua —y no a ratos—, es escuela cercana, es transporte digno, es seguridad, es alumbrado. Sin eso, cualquier “rescate” urbano es apenas un curita sobre una fractura expuesta.
Así que se podrá pavimentar, pintar fachadas, sembrar árboles y hasta inaugurar con listón y discurso, pero ningún sendero deja de ser oscuro si no tiene luz, y no la luz de un poste, sino un sistema de servicios que funcione a diario.
Además, la postal sigue incompleta porque apenas la mitad de los departamentos ha sido recuperada; los otros 800 siguen siendo un recordatorio incómodo de lo que fue y de lo que puede volver a ser. Arbolada del Mirador, exChernóbil mexicano, es un territorio partido en dos: la zona intervenida que intenta parecer ciudad, y el abandono que sigue respirando a unos metros. Un lugar tan exótico como aterrador donde conviven la promesa y el fracaso.
Así que la pregunta es inevitable, aunque nadie quiera hacerla en voz alta porque la pauta que se paga para bajarle a la crítica se nota: ¿Realmente vale la pena endeudarse 15 o 30 años para vivir en un sitio que aún no termina de dejar de ser el Chernóbil de México?
Siempre podrán hacer el intento por convencernos de comprar en el Edén, con lagos imaginarios y colibríes resilientes… en tanto hagas tu pago mensual religiosamente. Al final, todo es cuestión de perspectiva: hay gobernantes que ven un paraíso en preventa y hay ciudadanos que aprenden, con el tiempo y la deuda, que en algunas partes de ese yermo restaurado hay zonas con un altísimo nivel de radiación.
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