Hay una edad en la que ya no estás buscando cambiar tu vida. Estás buscando algo más realista: no empeorarla. Porque, seamos honestos, la vida no siempre mejora; la vida se sostiene. Y en México -reitero- sostener ya es deporte extremo. A cierta altura del calendario uno deja de jugar a "la mejor versión de mí" y empieza a jugar a "no me rompo esta semana", que es un objetivo bastante más humilde... pero mucho más honesto.
Uno antes quería ascender, viajar, aprender idiomas, leer todo Bolaño. Hoy uno quiere dos cosas: dormir y que no lo molesten. No por amargado, sino por presupuesto emocional. La adultez moderna es levantarte cansado, cumplir, contestar mensajes como si estuvieras pagando una multa, y aún así tratar de no hacerle daño a nadie. Eso debería contar como virtud cívica. Pero el mundo te cobra como si fueras infinito, como si tu energía se renovara por decreto presidencial.
A ver: no digo que uno ya no sueñe. Sueña. Pero sueña más chiquito. Ya no sueñas con "triunfar", sueñas con que no te cancelen el vuelo, con que no te cambien el plan, con que el refrigerador no se descomponga a mitad de quincena, con que tu cuerpo no se queje como si tuviera sindicato. Ya no sueñas con grandes gestas: sueñas con una semana normal. Y cuando la semana sale normal, hasta te sientes culpable, como si estuvieras haciendo trampa.
Y aquí es donde entra el criterio, que en la vida adulta no es una virtud: es una defensa personal. Porque el verdadero lujo no es ganar; es no perder. No perder paz. No perder tiempo. No perder dignidad. No perder energía discutiendo con gente que no escucha. No perder la tarde en un pendiente ajeno. No perder el estómago por una llamada "rápida" que termina siendo una emboscada. Hay un momento en el que empiezas a hacer evaluaciones que no sabías que existían: ¿esta reunión vale mi humor?, ¿este pleito vale mi domingo?, ¿esta amistad vale mi calma?, ¿este trabajo vale mi codo derecho?
Y lo que antes parecía egoísmo, en realidad es higiene. Nadie te enseña a poner límites; te lo enseña la factura: de estrés, de gastritis, de ansiedad, de cansancio. Ojo con esto: no es resignación. Es estrategia. La vida adulta no se trata de conquistar el mundo; se trata de administrarte. Porque el mundo siempre te va a pedir más: más disponibilidad, más paciencia, más "aguante". Y tú, si no te cuidas, acabas siendo el hombre que todo resuelve... y nadie sostiene.
Por eso hoy mi objetivo semanal no es grandioso. Es simple: no empeorarla. No arruinar una mañana por una tontería. No contaminar la casa con el trabajo. No castigar a quien quiero por algo que me pasó afuera. No hacerme el fuerte cuando en realidad estoy exhausto. Porque a esta edad ya no buscas epifanías. Buscas estabilidad. Que el cuerpo no falle, que el dinero alcance y que nadie te invente una urgencia. Si se logra eso, francamente, ya es una semana exitosa. Lo demás es cuenta de Instagram.
