Sí, un terrorista merece la pena de muerte o, mejor, varias penas de muerte, porque en su delirante fanatismo destruye vidas de inocentes que nada le han hecho, pero para él todo se vale con tal de alcanzar sus objetivos. Lo mismo podemos decir respecto de otra clase de asesinos, y respecto de los violadores, los secuestradores, los extorsionadores, los tratantes de personas y un largo etcétera. ¿Cuántas penas de muerte merecería quien hace estallar una bomba que destroza a todos los que se encuentran en el lugar del estallido, niños incluidos? Los crímenes del terrorista ameritarían que, ya muerto, los diablos lo torturasen en el infierno por los siglos de los siglos.
“Nunca el asesinato será a mis ojos –escribió Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba– un objeto de admiración y un argumento de libertad: no conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde y más obtuso que un terrorista”. Estoy de acuerdo. Y, sin embargo, no acepto la pena de muerte ni para el más abyecto y despreciable de los criminales. Se atribuye a Borges la sentencia de que no podemos combatir el canibalismo comiéndonos a los caníbales.
El Estado tiene el deber de castigar los delitos, sobre todo los más graves, pero las penas no pueden ser otras que las que permite nuestro proceso civilizatorio. La vida humana, aun la del peor de los criminales, es sagrada. El gran Beccaria escribió: “La pena de muerte es perniciosa para la sociedad por el ejemplo de barbarie que ofrece. Si las pasiones, o la necesidad de la guerra, han enseñado a los hombres a derramar la sangre de sus semejantes, las leyes, que pretenden moderar la ferocidad de la humanidad, no deberían aumentarla con ejemplos de barbarie... ¿No es absurdo que las leyes, que detestan y castigan el homicidio, cometan ellas mismas asesinatos públicamente para prevenirlo?” (De los delitos y de las penas).
Es inadmisible la decisión de la Knéset, el Parlamento israelí, de ignorar todas las advertencias internacionales y seguir adelante con la aprobación de una ley que permitirá condenar a muerte a los palestinos de Cisjordania que maten a israelíes en actos de terrorismo. Además de que la pena de muerte va contra los valores del proceso civilizatorio, preverla sólo para determinados delincuentes por su nacionalidad rompe con el principio de igualdad de todos ante la ley.
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