Casi cuatro de cada diez trabajadores están en empleos con jornadas inadecuadas, ingresos insuficientes o ambas cosas
Casi cuatro de cada diez trabajadores están en empleos con jornadas inadecuadas, ingresos insuficientes o ambas cosas

La fotografía más reciente del mercado laboral mexicano es incómoda y, al mismo tiempo, reveladora. No hay una crisis de desempleo abierta —México sigue cerca del “pleno empleo” estadístico—, pero sí una degradación silenciosa del trabajo: más personas buscan empleo, menos lo encuentran en condiciones formales y mejor pagadas.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, a través de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), lo confirman. En marzo de este año, la población económicamente activa alcanzó 61.6 millones de personas, de las cuales 60.2 millones estaban ocupadas. A primera vista, la cifra parece robusta. Pero al rascar un poco, el panorama cambia.
Tras la recuperación postpandemia, cuando en marzo de 2022 la ocupación crecía a una tasa anual de 3%, el ritmo comenzó a desacelerarse hasta caer en terreno negativo el año pasado. Para marzo de 2026, la recuperación es apenas marginal: 0.4%.
El mensaje es claro: la economía mexicana ha perdido capacidad para generar empleo, tanto formal como informal. Y cuando el crecimiento se estanca, el mercado laboral ajusta por donde puede.
Ese ajuste no se traduce en filas masivas de desempleados, sino en una expansión de la precariedad. La tasa de desocupación subió de 2.2% a 2.4% en un año —y en el caso de las mujeres, de 2.3% a 2.7%—. Pero más revelador aún es que la tasa de condiciones críticas de ocupación escaló de 38.4% a 39.6%. Es decir, casi cuatro de cada diez trabajadores están en empleos con jornadas inadecuadas, ingresos insuficientes o ambas cosas.
La informalidad, además, se ubicó en 54.8% de los ocupados. Más de la mitad de los trabajadores en México están fuera de la red de seguridad social y de los beneficios del empleo formal.
El dato que conecta todo: en los últimos doce meses, la población económicamente activa creció en 558 mil personas, pero el empleo formal sólo absorbió una fracción de ese aumento. El resto encontró acomodo —como pudo— en la informalidad, la subocupación o, incluso, en actividades ilegales como el crimen organizado.
La estructura de ingresos es todavía más contundente. De los 60.2 millones de ocupados: 27.9 millones ganan hasta un salario mínimo. 18.5 millones perciben entre uno y dos salarios mínimos.
En conjunto, 46.4 millones de personas —el 77% de los ocupados— viven con ingresos que no superan dos salarios mínimos.
En contraste, apenas 5.6 millones ganan más de dos salarios mínimos, mientras que 8.2 millones trabajan sin remuneración o con ingresos no especificados.
El aumento acelerado del salario mínimo en los últimos años ha elevado el ingreso de quienes ya están en el sector formal. Pero también ha tenido un efecto colateral: comprimir la distribución salarial y desplazar a más trabajadores hacia los rangos más bajos de ingreso medidos en múltiplos del mínimo.
La precarización del empleo también se refleja en dónde trabajan los mexicanos. El 41% de los ocupados labora en micronegocios no agropecuarios —unidades con menos de 10 trabajadores— y otro 15% en pequeños establecimientos.
Se trata, en buena medida, de autoempleo o actividades de baja productividad: puestos semifijos, negocios familiares o trabajos sin local formal. Es el rostro cotidiano de la informalidad.
México vive una paradoja. El trabajador formal gana hoy más, en términos reales, que en cualquier punto de la última década. Pero hay menos oportunidades para acceder a ese tipo de empleo.
Para quien ya tiene un puesto formal, las condiciones han mejorado. Para quien intenta entrar, la puerta se está cerrando.
No es desempleo masivo. Es algo más complejo: una economía que no crece lo suficiente para generar empleos formales al ritmo que la población los demanda. El resultado es un mercado laboral que absorbe a las personas, sí, pero en condiciones cada vez más frágiles.
La conclusión es incómoda pero inevitable: sin crecimiento económico sostenido, no habrá creación suficiente de empleo formal ni mejora generalizada de los ingresos.
El problema no es sólo laboral. Es estructural. Tiene que ver con la baja productividad, el tamaño de las empresas, la calidad de la educación y las políticas económicas seguidas en los últimos años.
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