Aunque pocos lamenten la caída de un régimen autoritario, anticipan que la forma de su derribo puede generar una inestabilidad mayor en el mundo
Aunque pocos lamenten la caída de un régimen autoritario, anticipan que la forma de su derribo puede generar una inestabilidad mayor en el mundo

La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra el régimen iraní —que, según se reporta, culminó con la muerte del ayatolá Alí Jamenei— ha abierto un intenso debate incluso dentro de The New York Times. Dos de sus columnistas de opinión, Nicholas Kristof y Bret Stephens, ofrecen visiones diametralmente opuestas sobre el significado y las consecuencias de la intervención.
Para Nicholas Kristof, la decisión de Washington evoca los fantasmas de 2003: otra guerra en Oriente Medio sustentada, advierte, en afirmaciones de inteligencia dudosas y objetivos demasiado ambiciosos.
El presidente Trump ha prometido destruir el programa nuclear iraní, devastar su fuerza militar y propiciar un cambio de régimen en un país de más de 90 millones de habitantes. La pregunta central, plantea Kristof, es si esos fines son alcanzables y a qué costo estratégico y humano.
El columnista recuerda que las campañas aéreas rara vez han logrado derrocar gobiernos por sí solas y advierte sobre el riesgo de escalada regional: ataques contra bases estadounidenses, acciones en el estrecho de Ormuz o terrorismo indirecto. Aunque no minimiza el carácter represivo del régimen iraní —al que atribuye masacres recientes y una política sistemática de represión—, sostiene que la guerra no es necesariamente la herramienta adecuada.
A su juicio, existían alternativas diplomáticas y estrategias indirectas para debilitar al régimen sin abrir un conflicto de consecuencias imprevisibles. La guerra, concluye, debe ser el último recurso, no una decisión precipitada que aumente los riesgos globales.
En contraste, Bret Stephens defiende la intervención como una respuesta largamente postergada a décadas de agresión iraní. Rechaza la idea de que Estados Unidos “entró” en una nueva guerra y sostiene que Teherán libra hostilidades contra Washington desde 1979, desde la toma de la embajada hasta el apoyo a milicias responsables de la muerte de soldados estadounidenses.
Para Stephens, la falta de costos significativos alentó la conducta iraní; la acción actual restablece la disuasión.
El columnista subraya además las escenas de celebración reportadas en ciudades iraníes tras la muerte de Jamenei, interpretándolas como evidencia del profundo hartazgo social. Enmarca el conflicto en un tablero geopolítico mayor: Irán como pieza del eje junto a Rusia y China. Debilitar a Teherán —argumenta— debilita indirectamente a Moscú y Pekín, y podría reconfigurar el equilibrio estratégico en Oriente Medio.
Stephens admite riesgos, pero considera que incluso sin un cambio inmediato de régimen, la operación puede generar beneficios estratégicos: mayor presión interna sobre el liderazgo iraní, restauración de la credibilidad estadounidense y un entorno regional menos amenazante.
Las dos columnas revelan no solo una divergencia sobre la oportunidad y legitimidad de la guerra, sino sobre la concepción misma del poder estadounidense: ¿prudencia estratégica frente a aventuras militares o reafirmación de la disuasión frente a regímenes hostiles?
En esa tensión —entre el temor a repetir errores del pasado y la convicción de que la inacción también tiene costos— se sitúa hoy el debate en Estados Unidos.
La ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha generado una coincidencia poco habitual en la prensa española: tanto el editorial de El Mundo como un artículo de Jesús Núñez Villaverde en El País advierten sobre los enormes riesgos estratégicos, políticos y jurídicos de la operación, aunque desde matices distintos.
En El País, Jesús Núñez Villaverde sostiene que, más allá de las críticas legítimas al régimen iraní, el ataque constituye un acto de agresión que vulnera el derecho internacional.
Rechaza que pueda encuadrarse como legítima defensa preventiva —al no existir una amenaza inminente— ni como intervención humanitaria. A su juicio, la debilidad actual de Teherán hacía improbable una acción ofensiva inmediata, lo que desmonta el argumento de la urgencia.
La operación —denominada “Furia Épica” por Washington y “Rugido de León” por Israel— iría mucho más allá de neutralizar capacidades nucleares o balísticas, buscaría redibujar el mapa regional y propiciar la caída del régimen.
El autor subraya que existía un acuerdo nuclear previo que Irán cumplía hasta que fue invalidado en 2018, y considera que las recientes señales iraníes de disposición negociadora no evitaron una estrategia de “conmoción y pavor”, respaldada por un amplio despliegue aeronaval estadounidense.
Núñez Villaverde anticipa nuevas oleadas de ataques y represalias, en una espiral cuyo desenlace es incierto y que podría abrir una “caja de Pandora” regional.
Por su parte, el editorial de El Mundo coincide en la caracterización del régimen iraní como una teocracia represiva y desestabilizadora, pero centra su advertencia en el día después.
La muerte del líder supremo, Alí Jamenei, supone el golpe más severo a la República Islámica desde 1979. Sin embargo, intentar derribar el régimen sin una hoja de ruta clara para la transición entraña un alto riesgo.
Irán es un país de más de 90 millones de habitantes, multiétnico y dividido; la fragmentación de la oposición no desaparecerá con bombardeos.
El diario evoca el precedente de Irak tras la caída de Sadam Hussein: la ausencia de un plan institucional y de seguridad desembocó en guerra sectaria y en el surgimiento del Estado Islámico.
Además, cuestiona que Donald Trump haya actuado sin autorización del Congreso ni respaldo multilateral, y alerta sobre posibles represalias iraníes —incluido el cierre del estrecho de Ormuz— con impacto directo en la economía global.
En conjunto, ambas posiciones convergen en una advertencia: aunque pocos lamenten el debilitamiento de un régimen autoritario, la forma y el contexto de su derribo pueden generar una inestabilidad mayor que el problema que se pretende resolver. Entre la impugnación jurídica de El País y la cautela estratégica de El Mundo, la prensa española dibuja un mismo horizonte de incertidumbre para Oriente Próximo y para el orden internacional.
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