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Los problemas públicos bajo el microscopio

La semana pasada te propuse un ejercicio de observación: dejar de ver las “problemáticas” —ese nudo ciego que nos agobia— y empezar a identificar los “problemas”, los hilos específicos que lo forman.

Si lo hiciste y pusiste una problemática bajo el microscopio, probablemente notaste que está conformada por problemas más concretos y específicos.

Por ejemplo, una de las problemáticas más comunes y graves de nuestras ciudades es la del agua, caracterizada por su insuficiencia, mala distribución e insustentabilidad en la forma en que se consume. Su complejidad es evidente.

Uno de los problemas que conforman esta problemática suele ser la pérdida ocasionada por el mal estado de las redes de abasto, debido a su antigüedad. La lógica es simple: redes muy viejas y deterioradas registran fugas que pueden superar 50 % del líquido que se les inyecta.

Como puede observarse, además de ser más simples que las problemáticas, los problemas son también más medibles y atendibles. Es más sencillo dimensionarlos (por ejemplo: 80% de la red es obsoleta), definir acciones para corregirlos (reemplazar la tubería en los tramos más deteriorados) y medir los avances que se registran para su solución (litros recuperados o kilómetros de tubería reparados).

Pero el análisis “microscópico” revela algo todavía más relevante: las relaciones causales entre los problemas y los actos o hechos que los provocan.

Mi propuesta consiste en clasificar esas causas en cuatro categorías:

Comportamientos individuales: pequeñas decisiones cotidianas que parecen inofensivas —tirar un papel, desperdiciar agua, estacionarse mal— pero que, multiplicadas por millones, contribuyen ostensiblemente al caos.

Comportamientos grupales o gremiales: cuando el interés de un grupo organizado —industrias, sindicatos, grupos de presión— se impone sobre el interés colectivo.

Fallas de diseño e institucionalidad: no solo autoridades negligentes o incompetentes, sino reglas y sistemas disfuncionales.

Factores estructurales: elementos que nos superan, como la geografía de la ciudad o el cambio climático; condiciones que no podemos modificar.

¿Para qué sirve realizar este ejercicio? Para algo fundamental: pelear las batallas que podemos ganar.

Al observar la “composición” de un problema, descubrimos que algunos tienen una génesis puramente institucional o estructural; ahí, nuestra labor es exigir. Pero hay muchos otros cuya fuente principal —su ADN— son nuestros propios comportamientos, individuales o colectivos.

Ahí reside el mayor nivel de resolubilidad ciudadana de los problemas públicos. Si un problema se alimenta de lo que tú y yo hacemos cada mañana, entonces la llave para resolverlo la tenemos tú y yo, no el gobierno.

Esta semana te invito simplemente a observar tu entorno con esta nueva claridad: fíjate cuántas de las cosas que nos molestan nacen, en realidad, de una conducta que nosotros mismos, nuestros vecinos y conciudadanos podríamos cambiar. Si logramos identificar esos hilos de origen conductual, habremos encontrado el punto exacto donde la madeja puede empezar, finalmente, a ceder.

Continuaremos con este tema la próxima semana.

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