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Los principios no van al final

La política exterior mexicana se rige bajo una serie de principios, forjados por episodios históricos que nos marcaron como país, entre los que destacan la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.

Desde la formalización en la Doctrina Carranza hasta la participación en instituciones multilaterales, México ha procurado una postura de máximo respeto a la soberanía y rechazo a las injerencias extranjeras. Esto no supone una simple tradición diplomática, ha sido una herramienta de supervivencia política en un continente marcado por influencias externas, y en el pasado posicionó a nuestro país como un referente en la materia.

Estos principios se escribieron en letras de oro en 1970 tras la resolución 2625 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando los países adherentes se comprometieron a abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, así como a resolver asuntos por la vía pacífica.

Los cambios de regímenes internos y externos han provocado diversas formas de asimilar la no intervención, la autodeterminación y la solución pacífica de las controversias. Durante un largo tiempo se interpretó como la no alineación a bloques ideológicos. En otro momento, como la base para el rechazo y la condena en foros mundiales a quienes los violaran. Sin embargo, en años recientes, han sido el argumento central que justifica la ausencia casi total de México en el panorama internacional.

Mientras que nuestra política exterior navega sin rumbo y pone todos sus huevos en una canasta que a todas luces no los quiere ahí, estamos presenciando episodios de intervención militar, interferencia e imposición política en tiempo real, que resultan muy similares a aquellos que generaron la necesidad de establecer dichos principios como brújula.

No hablo solamente sobre lo que sucede lejos de nosotros, sino de los acontecimientos en nuestro hemisferio y continente. Al ausentarse del debate bajo la bandera de la neutralidad (quizás mejor definida como desinterés) y aplicar o no los pilares diplomáticos nacionales según convenga, se acaba por darles la espalda.

No reconocer al gobierno democráticamente electo en Honduras, encabezado por Nasry Asfura, por el hecho no tener afinidad en el proyecto político, es una clara afrenta al principio de la autodeterminación de los pueblos. A su vez, no alzar la voz ante los embates cada vez más recurrentes de  Estados Unidos para hacerse de Groenlandia, hace poca justicia al mismo principio.

En el caso venezolano, no condenar la intervención militar para extraer al dictador Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, además de no felicitar a María Corina Machado tras su designación como Premio Nobel de la Paz en 2025, habla por sí solo. Qué podríamos esperar sobre la búsqueda soluciones que prioricen la protección de personas y la preservación de los derechos humanos en Ucrania, Gaza, Irán o la región africana, por nombrar algunos.

El Estado mexicano ha demostrado un mínimo interés en aplicar sus ideales, y cuando lo hace, es por cercanía ideológica. Los principios no van al final, ni deben aplicarse selectivamente, deben guiar el comportamiento de las naciones. México tiene una responsabilidad con la región, con el continente y con el mundo, y debe volverla a asumir.