El presidente de Estados Unidos no logró sus objetivos de tomar la isla ártica ni de imponer aranceles y sólo retomó un acuerdo ya firmado desde 1951
El presidente de Estados Unidos no logró sus objetivos de tomar la isla ártica ni de imponer aranceles y sólo retomó un acuerdo ya firmado desde 1951

Durante días, el mundo financiero y diplomático contuvo la respiración ante una nueva provocación geopolítica de Donald Trump que incluía la amenaza de una incursión —política, comercial o incluso militar— de Estados Unidos en Groenlandia. No era un territorio cualquiera. Era el Ártico, una región estratégica, cargada de simbolismo histórico y valor militar, pero también el escenario de una amenaza que podía desatar una guerra comercial con Europa y sacudir a los mercados globales.
Al final, no fue la diplomacia clásica la que frenó a Trump, sino el termómetro implacable de Wall Street.
El giro llegó en Davos. En el marco del Foro Económico Mundial, Trump anunció haber alcanzado un “marco de acuerdo futuro” con la OTAN sobre Groenlandia y la región ártica, tras una reunión privada con el secretario general de la alianza, Mark Rutte.
El mensaje, difundido con su estilo habitual a través de Truth Social, tuvo un doble efecto inmediato que, por un lado, desactivó la amenaza de nuevos aranceles contra Europa y, por otro, calmó a unos mercados que comenzaban a castigar la incertidumbre generada por sus declaraciones.
El acuerdo, en realidad, no crea nada nuevo. Se apoya en un andamiaje legal que existe desde hace más de siete décadas que se conoció como el Tratado de Defensa de Groenlandia de 1951, firmado entre Estados Unidos y Dinamarca.
Aquel pacto permitió a Washington establecer y operar bases militares en la isla —en particular la estratégica Base de Thule, hoy Base Espacial Pituffik— y desplegar radares clave para la alerta temprana frente a misiles intercontinentales.
Lo que Trump plantea ahora es una actualización de ese marco, adaptándolo a la lógica del siglo XXI y a nuevas tecnologías, como el sistema de defensa antimisiles que él mismo bautizó como “Golden Dome” o “Escudo Dorado”.
Junto con el anuncio del acuerdo marco, Trump confirmó la suspensión de los aranceles del 10% que pensaba imponer a partir del 1 de febrero a ocho países europeos, entre ellos Dinamarca, Francia, Alemania y el Reino Unido.
También reveló que las negociaciones estarán encabezadas por un equipo de alto perfil que lo integran el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y el enviado especial Steve Witkoff.
Más allá de los detalles técnicos, el trasfondo fue evidente. En las horas previas al anuncio, los mercados habían reaccionado con nerviosismo.
Inversionistas se desprendieron de bonos del Tesoro estadounidense y creció la aversión al riesgo ante la posibilidad de un choque frontal entre Washington y sus aliados europeos. Bastó que Trump descartara públicamente el uso de la fuerza en Groenlandia y congelara los aranceles para que el fenómeno de “vender a Estados Unidos” se revirtiera.
Wall Street rebotó con fuerza: el Dow Jones subió 1.21%, el S&P 500 avanzó 1.16% y el Nasdaq ganó 1.18%. La volatilidad cayó casi 16% en un solo día.
“El presidente Trump es tan impredecible y cambia de rumbo con tanta rapidez que el mercado ya no da por sentado que sus declaraciones se cumplirán”, resumió Jed Ellerbroek, gestor de Argent Capital Management, en declaraciones a CNBC. La frase capturó el espíritu del momento, que se resumen en que no hubo una conversión ideológica, sino una corrección táctica ante el castigo financiero.
Por Canadá, el primer ministro Mark Carney advirtió que cualquier intento de alterar el estatus de Groenlandia debía respetar el derecho internacional y la soberanía danesa, subrayando que la estabilidad del Atlántico Norte no podía ponerse en riesgo por impulsos unilaterales.
La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, llamó a mantener la cohesión atlántica y dejó claro que las tensiones comerciales solo debilitan a Occidente frente a competidores estratégicos como Rusia y China.
El presidente francés Emmanuel Macron fue más directo al señalar que Europa no aceptaría presiones económicas ni reinterpretaciones oportunistas de acuerdos históricos.
A estas voces se sumó la de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien encuadró el episodio como una prueba de la capacidad europea para actuar de forma coordinada. Sin amenazas explícitas, recordó que la Unión Europea estaba preparada para responder a cualquier arancel injustificado y defendió que la seguridad en el Ártico debía gestionarse de manera multilateral, no como una extensión del “destino manifiesto” estadounidense.
El interés de Estados Unidos por Groenlandia se remonta a 1867 cuando ya se hablaba de su compra; durante la Segunda Guerra Mundial, Washington asumió su defensa para evitar que cayera en manos nazis; y en 1946, Harry Truman ofreció 100 millones de dólares en oro por la isla.
Trump retomó esa tradición, pero la mezcló con una lógica de presión económica y retórica provocadora. “Solo pido un trozo de hielo… es una petición pequeña comparado con todo lo que les hemos dado durante décadas”, llegó a decir en Davos, sugiriendo incluso una renegociación hacia una soberanía compartida.
Al final, sin embargo, la épica quedó subordinada a los gráficos bursátiles. El acuerdo con la OTAN —que reafirma compromisos ya existentes— y la suspensión de los aranceles no fueron tanto una concesión diplomática como una respuesta al mensaje de los mercados.
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