La corta historia del segundo gobierno de la 4T puede resumirse en una frase: posponer el mayor tiempo posible el colapso.
López Obrador reconstruyó y sofisticó el viejo régimen político autoritario con cuatro pilares. Primero, el sostén social: las clientelas producto de la política salarial y el reparto de dinero disfrazado de programas sociales que se expresa en elevados niveles de aprobación del nuevo caudillo. Segundo, la construcción de un aparato capaz de traducir en votos las simpatías del pueblo bueno y convertirlo en un aparato invencible electoralmente, por las buenas o las malas. Tercero, una presidencia absoluta, sin límites políticos ni institucionales que le permita el uso discrecional del presupuesto y la procuración de justicia. Y cuarto, una narrativa, creíble por venir del caudillo, que convierte lo anterior en el único y mejor presente y futuro del país; quien discrepe es enemigo y traidor.
El problema es que ese modelo tiene debilidades estructurales que lo hacen insostenible. La primera y más severa, las finanzas públicas frágiles. En apenas seis años, AMLO duplicó la deuda pública y además estancó la economía y, sin crecimiento, no aumentará la recaudación para mantener las transferencias monetarias al pueblo, la corrupción desbordada y muchas estupideces más del gasto público como la quiebra de Pemex y de la CFE, los subsidios al Tren Maya, al AIFA, las pensiones del SME, etc. Resultado: se avecina a partir de 2028 una grave crisis de finanzas públicas que puede convertirse en crisis económica que desplome los efímeros logros sociales y el respaldo popular a la 4T.
Por eso, Sheinbaum le dedica tanto tiempo a cortejar empresarios e inversionistas extranjeros para que los andamios con los que quiere impedir que se le desplomen la economía y las finanzas públicas –el Plan México, el Programa de Infraestructura—resistan en 2027 y de ser posible hasta 2030. Esfuerzos que hasta la fecha han sido infructuosos porque no quiere reconocer que la confianza del sector privado está en los suelos gracias al mismo modelo de concentración de poder (destrucción del Poder Judicial y, con él, de la certeza jurídica, y comportamiento irracional y discrecional del gobierno en muchas otras políticas públicas).
Una segunda debilidad estructural es la paradoja entre concentración de poder e ineptitud gubernamental para resolver los problemas del país. No solo en materia económica. También se destruyeron los sistemas de salud y educación; se atacó lo poco que había de ciencia, investigación y desarrollo tecnológico; la violencia y la impunidad se mantienen como realidades todopoderosas por haber empoderado políticamente al crimen organizado como nunca.
Frente a los desastres de todos los días –derrame de petróleo, accidentes en la refinería, hundimiento de los pilotes del Tren Maya, reporte de la ONU sobre los desaparecidos, etc.— la narrativa sobre la utopía de la 4T se desmorona igual que las finanzas públicas, solo que la respuesta de Sheinbaum hasta el momento ha sido decir cada vez más mentiras e insistir en culpar al pasado de todos sus errores. Es como nadar en el pantano.
La diferencia entre esas dos debilidades es que para apuntalar las finanzas públicas aún hay bancos y fondos dispuestos a prestarle dinero a México. La nueva deuda, sin crecimiento, adelantará la crisis hacendaria y aunque este año y el próximo no se prevé que estalle, la segunda mitad del sexenio será de mucho pleito con las calificadoras por el grado de inversión. Será un milagro que se hayan mantenido sanas para las elecciones de 2030.
En el caso de la credibilidad del discurso, no puede comprarla o pedirla prestada; se profundizará mientras no se reconozcan los errores y se restituya la congruencia entre palabras y realidad, pero eso parece ser kriptonita para la 4T.
Las derrotas electorales se dan por el impacto de crisis económicas, pero también por crisis morales originadas en el divorcio entre palabras y conductas de los gobernantes con la realidad y las promesas. ¿Cuál será el caso en México y cuándo?
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