Tengo una confesión: odio salir. No siempre. No a todos lados. Pero sí a la mayoría de lugares a los que me invitan. Y no porque sea misántropo ni porque esté deprimido. Simplemente porque prefiero mi casa. Mi sillón. Mi control remoto. Mi derecho constitucional a no tener que fingir que me divierte estar parado en una terraza con un trago tibio, gritando para sostener una conversación que nadie quiere tener.
Pero no puedes decir eso. Porque en este país si no sales, estás mal. Si prefieres quedarte en casa un viernes, algo te pasa. Si cancelas planes, eres el aguafiestas. Y si dices "no, gracias, prefiero quedarme viendo una serie", te miran como si estuvieras renunciando a la vida cuando en realidad estás renunciando a gastar dinero en un lugar con música que no te gusta, rodeado de gente que no conoces, comiendo botanas caras mientras finges que "hay que repetir esto pronto".
Porque aquí está el secreto sucio de la vida adulta: la mayoría de los planes son teatro.
Teatro social. Sales no porque quieras salir, sino porque te da pena decir que no. Porque tus amigos armaron el plan y "ya confirmaste". Porque es el cumpleaños de alguien que tampoco querías ir pero "hay que estar". Porque es viernes y "no puedes quedarte en casa todos los viernes" según quién, no sé, pero aparentemente es ley. Y así acabas en una cantina en la Roma, comiendo cacahuates a precio de caviar, esperando que alguien diga "vámonos" para que tú puedas irte sin quedar como el aburrido.
Y lo peor no es salir. Lo peor es el ritual previo. El "¿dónde nos vemos?", el "¿a qué hora?", el "no sé qué ponerme", el "¿pidió Uber alguien?", el "ya voy saliendo" que en realidad significa "todavía estoy en pijama". Todo ese teatro agotador que consumes antes de llegar al lugar donde vas a fingir que estás pasándola bien. Porque resulta que salir no empieza cuando sales: empieza tres horas antes, con ansiedad anticipatoria y decisiones logísticas dignas de un operativo militar.
Y luego está el otro lado: el FOMO. Ese miedo enfermizo a perderte algo. Porque si no vas, van a pasar cosas increíbles. Van a reírse. Van a conocer gente. Van a tener historias que contar. Y tú te vas a perder todo eso por haberte quedado viendo Netflix en pants. Mentira. Todos van a estar igual de incómodos que tú, revisando el celular cada cinco minutos, esperando que alguien proponga irse. Pero nadie lo va a admitir. Todos van a subir la foto donde se ven felices. Porque el plan no es para disfrutarlo: es para demostrarlo.
Aquí va la verdad que nadie quiere decir: quedarse en casa no es fracaso. Es elección. Y es una elección valiente, porque implica renunciar al performance. Implica admitir que no necesitas validar tu fin de semana con un check-in en tal bar o tal restaurante. Que tu valor como persona no depende de qué tan lleno esté tu calendario social. Que estar solo no es estar triste. Que descansar es productivo. Y que a veces, la mejor versión de ti no está en una fiesta: está en tu sala, sin maquillaje social, sin audiencia, sin tener que demostrar nada.
Así que sí, me quedo en casa. Y no me disculpo. Prefiero una noche tranquila con un buen libro o una serie mediocre que salir a un lugar donde tengo que gritar para que me escuchen y pagar 200 pesos por un gin-tonic que sabe a pinol con hielo. Prefiero mi pijama a tener que pensar qué me pongo. Prefiero mi comida recalentada a esperar 40 minutos por unos tacos "artesanales" que cuestan lo mismo que una semana de súper. Y prefiero mi soledad elegida, a la compañía forzada de gente que está ahí por el mismo miedo que yo: quedarse en casa y que los acusen de estar muertos en vida.
Porque resulta que la vida no se mide por cuánto saliste. Se mide por cuánto disfrutaste. Y yo disfruto más mi casa que tu terraza. Punto.
