La agresividad internacional de Donald Trump ha orillado a sus socios históricos a nuevos acercamientos con el gigante asiático
La agresividad internacional de Donald Trump ha orillado a sus socios históricos a nuevos acercamientos con el gigante asiático

Luego de las bravatas, amenazas y desplantes de Donald Trump a lo largo de su segundo periodo en el poder, el tablero de los históricos aliados europeos de Estados Unidos se ha agitado bastante, abriendo paso a un nuevo panorama que, paradójicamente, dista mucho de lo deseado por Trump. En especial, la ambición de Trump por Groenlandia ha terminado por convencer a muchos de que el orden internacional que conocíamos ha quedado roto.
Al mismo tiempo, creyendo cerrarle el paso a China en el hemisferio occidental (y aun en el oriental), en realidad Trump ha terminado por abrir varias rutas a nuevos acercamientos y alianzas que buscan ponerse lejos de los manotazos y permanentes jaques que caracterizan su política exterior.
La revista The Economist ha captado muy bien este momento en su más reciente edición: «“En un mundo de incertidumbre, China es la mayor certeza”. Así lo proclamó un portavoz chino en diciembre. En medio de la guerra en Europa, la agitación en Oriente Medio y la reescritura del orden geopolítico por parte de Estados Unidos, algunos en Occidente podrían estar de acuerdo.»
Y para comprobarlo, el mismo semanario comentaba: “Al cierre de la edición de The Economist, el primer ministro británico, Sir Keir Starmer, visitaba al presidente chino, Xi Jinping, el último de una serie de líderes occidentales que han viajado a Pekín en busca de acuerdos y confianza”.
Así, Trump ha orillado incluso a sus socios más sólidos como Gran Bretaña a buscar nuevos entendimientos con el gigante asiático. Pero por si esto fuera poco, también ha movido a Xi Jinping a concentrar todavía más su autocrático poder, emprendiendo una purga al viejo estilo comunista para reforzar al interior su control total.
“China –dice también The Economist– anunció investigaciones sobre dos generales de alto rango, entre ellos Zhang Youxia, el oficial uniformado de mayor rango de las fuerzas armadas. Han sido acusados de corrupción y de socavar la autoridad del comandante en jefe de las fuerzas armadas, Xi Jinping. Estas purgas, y otras recientes, dejan solo al Sr. Xi y a un general que supervisa la labor anticorrupción como miembros activos de las Fuerzas Armadas Centrales”.
De esa forma, parece que Trump ha facilitado el fortalecimiento de China en el frente externo (empujando a varias naciones europeas y Canadá a acercarse a Pekín) y aun en el interno, haciendo que Xi afine su poder totalitario.
De esa manera, enero termina con panorama geopolítico que muestra una clara tendencia de las potencias occidentales a diversificar sus riesgos ante la agresiva política comercial de Donald Trump. Además de los recientes casos de Canadá y el Reino Unido, no hay que perder de vista diversas señales que muestran una suerte de relanzamiento pragmático de las relaciones con China por parte de las naciones europeas:
Todo esto, aunque se ha visto acelerado en las últimas semanas, no es para nada algo nuevo. La carrera entre los líderes europeos para asegurar inversiones y acceso al mercado chino antes de que las tensiones entre EU y China escalen más se viene desarrollando desde hace un tiempo.
Emmanuel Macron, para abrir con los grandes ejemplos, realizó su cuarta visita de Estado a China en diciembre de 2025, donde él y Xi Jinping se comprometieron a una cooperación estratégica en áreas como energía nuclear, aviación e inteligencia artificial. Macron ha defendido el multilateralismo y una relación de "asociación genuina" para equilibrar el orden mundial.
El canciller alemán Friedrich Merz, por su parte, ha mantenido un diálogo constante con Pekín para rebajar tensiones económicas y proteger a su industria manufacturera del impacto de los aranceles estadounidenses.
También Irlanda y Finlandia han enviado a sus líderes a Pekín recientemente para "refrescar" sus asociaciones comerciales frente a la volatilidad que ha sembrado Washington.
En este recuento brilla la visita de Keir Starmer a China, efectuada hace unos días. En ella, superando diversas fricciones y problemas, ha imperado la buena voluntad, al punto de que Starmer anunció la aprobación de la «megaembajada» china en Londres. Ese fue el punto de partida para una visita en la que el primer ministro británico se hizo acompañar de 54 empresarios, entre ellos los dueños de gigantes como HSBC, Airbus o AstraZeneca. Esta última anunció una inversión de 15 mil millones de dólares en china. Hablan en serio.
En la propia Norteamérica, Canadá, bajo el liderazgo de Mark Carney, está enfrentando con todos los recursos a su alcance la ofensiva de Trump que intenta doblegar (nuevamente con aranceles) a este país. Lleva las de perder porque más del 80 % de su comercio se lleva a cabo con Estados Unidos, pero Canadá parece estar decidida a hacer valer su peso y ha acordado bajar los aranceles a los vehículos eléctricos (EV) chinos a cambio de que Pekín facilite las exportaciones agrícolas canadienses.
Siguiendo a los canadienses, la Unión Europea ha reportado avances significativos en la disputa de años sobre las exportaciones de EVs chinos a Europa, buscando soluciones negociadas en lugar de aranceles punitivos unilaterales.
Japón y Australia también pintan en este nuevo panorama. Aunque mantienen cautela por obvios temas de seguridad nacional, los nuevos liderazgos en estos países han mostrado un deseo de dinamizar las relaciones comerciales con el que es desde hace tiempo su mayor socio regional, China, para compensar posibles choques económicos con EE. UU.
De esta manera, la desconfianza hacia la estabilidad y liderazgo de EE. UU. ha impulsado la creación de nuevos ejes comerciales donde China es un actor central o, por lo menos, complementario. Sin proponérselo, Estados Unidos ha hecho posible que para buena parte de sus socios y aliados todos los caminos vayan hacia China.
No parece que eso sea lo que hubiera querido Trump, pero eso es lo que tiene.
Contacto