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La geografía y el precio del petróleo

La próxima semana, todo apunta a que el precio del petróleo seguirá al alza; JP Morgan prevé que ronde los 120-130 dólares en el corto plazo. Este incremento responde a que dos piezas del sistema energético mundial entraron, al mismo tiempo, en zona de vulnerabilidad.

Por un lado, Ucrania ha intensificado sus ataques contra la infraestructura petrolera rusa, dañando nodos concretos de almacenamiento, refinación y exportación. Por el otro, el estrecho de Ormuz sigue bajo presión, en un contexto donde Washington amenaza con ampliar ataques sobre Irán e Israel mantiene la ofensiva. El problema no es cuántos barriles existen, sino cuántos pueden moverse con seguridad.

En el frente ruso conviene ser precisos. El puerto báltico de Primorsk, uno de sus principales puntos de salida, ha registrado nuevas afectaciones; mientras que la refinería NORSI volvió a incendiarse. Esto es, hay fuertes daños en las instalaciones que sostienen la capacidad de Rusia para colocar crudo. Reuters calculó a finales de marzo que cerca de 40% de la capacidad exportadora rusa había quedado fuera de juego por ataques, disputas sobre ductos y problemas de aseguramiento de buques. La cifra podrá ajustarse, pero la estrategia ucraniana es convertir en objetivo militar a las instalaciones y a la renta petrolera rusas.

El segundo factor es más delicado porque afecta menos la producción que la circulación. Ormuz se ha convertido en un cuello de botella. Por ahí circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo y, desde que inició el conflicto, ha disminuido considerablemente el tránsito. Hoy las negociaciones están rotas.

Bajo esas condiciones, el mercado no duda de que existan productores capaces de bombear crudo suficiente; más bien, desconfía de que esos barriles puedan salir con normalidad, con seguros accesibles y con un riesgo militar razonable. En esta coyuntura, el alto precio del barril no habla de escasez sino de vulnerabilidad logística y geopolítica.

Eso devuelve al crudo latinoamericano una importancia práctica. En marzo, Venezuela exportó 1.09 millones de barriles diarios, su mejor nivel en seis meses, y reaparece como amortiguador de un sistema bajo estrés bélico. Y aunque Venezuela no pueda sustituir por sí sola las necesidades del mercado norteamericano, al menos ofrece un hondo respiro que oxigena, también, a su propia economía.

México también cuenta, aunque por razones menos afortunadas. Reaparece como proveedor de proximidad para el mercado estadounidense, pero mucho menos flujo del que podría. Las exportaciones solamente subieron a 640 mil barriles diarios en la segunda semana de marzo. ¿Por qué?

Nuestro país llega mal parado a esta crisis no por mala suerte, sino por diseño. La 4T confundió soberanía energética con concentración burocrática; durante los últimos siete años decidió enviar más crudo a refinerías, en vez de preservar flexibilidad exportadora; enterró miles de millones de pesos en una refinería tardía y carísima; cerró la puerta a asociaciones que hoy el propio gobierno ha tenido que reabrir; no logró elevar la producción, y dejó a Pemex exhausto, endeudado y con pagos atrasados. Por eso, mientras otros productores pueden capturar parte del alza, México apenas se beneficia de ella pues, aunque tiene petróleo, carece de la arquitectura operativa y financiera para aprovecharlo a tiempo. Esas malas decisiones nos han costado dinero y oportunidades de crecimiento.

Durante años se asumió que el mercado energético global podría compensar casi cualquier disrupción con sustituciones rápidas, rutas alternas y producción adicional. Lo que esta crisis muestra es que la energía depende de una arquitectura más frágil de lo que parecía. El mercado no solo registra oferta y demanda, sino geografía, vulnerabilidad y poder.

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