Es probable que ni el más desconfiado de los analistas hubiera pronosticado cómo los derechos se trucarían para producir efectos contrarios a los que se buscaron en principio.
Las disposiciones contra la violencia política en razón de género son un ejemplo hasta grosero de lo que ya está ocurriendo con periodistas que tienen un censor particular y se encuentran arraigados y otros que soportan la angustia de tener procesos judiciales abiertos.
La CNDH, ya sin sus propósitos originales, está convertida en un área de propagada y en una oficina para la defensa de delincuentes como Mario Aburto, el asesino de Luis Donaldo Colosio.
Ahora toca el turno a las audiencias, a la reglamentación de sus derechos, que en realidad es la restricción de los que tienen los periodistas, para contar con un arma de presión contra los medios de comunicación, en principio electrónicos, pero pronto también los impresos.
El argumento en teoría es loable: ¿quién defiende a las audiencias de la información de mala calidad o la que inclusive es falsa o maliciosa?
En realidad, lo hacen los propios medios de comunicación, porque su función es la de verificar la información y de contrastarla.
Mucho se avanzó en ese aspecto en los pasados años, porque las prácticas en las redacciones mejoraron, se elaboraron códigos de ética y se nombró a defensores de los lectores.
Se construyó todo un sistema de derechos que se alineaban a los tratados internacionales y que tenían la tarea, más que indispensable, de controlar al poder.
Por desgracia, quienes ahora gobiernan, no suelen entender el trabajo que corresponde al periodismo y por ello son hostiles ante la difusión de informaciones comprometedoras o con sentido crítico.
Y es factible que avancen en su propósito de elaborar un marco que limite la libertad de expresión, lo que no deja de ser una triste paradoja ante un discurso que suele magnificar el momento que vive México y sus supuestas connotaciones democráticas.
Diversos analistas y expertos, y de modo destacado Raúl Trejo Delarbre, vienen advirtiendo de los efectos perjudiciales que ya están tocando a la puerta.
