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La Aurora y el derecho a pensar en libertad

La primera vez que escuché acerca de La Aurora, no conocí su nombre… pero sí su intención. Mi querido amigo y compañero de oficio, Julián, me habló hace un par de semanas de un proyecto que venía tomando forma.

Después lo vi concretado. Vi la lista de nombres, vi a los colaboradores. Y un mensaje que decía: “Falta tu nombre.”

Me quedé un segundo en silencio.

Y pensé: wow.

No por vanidad. Más bien por nervios y gratitud. Esa mezcla rara que se siente cuando algo nuevo empieza… y te invitan a estar.

Porque un medio nuevo no es sólo una plataforma. Es una manera de ver la realidad. Y en este caso, una apuesta por la libertad, por la conversación y por la posibilidad de pensar sin gritar.

En una entrevista escuchaba al director de La Aurora, Pablo Hiriart, decir que entrar a las nuevas plataformas es hablarle a las nuevas generaciones. Y lo entiendo. Claro que lo entiendo. Pero mientras lo escuchaba, me quedé pensando en algo: ya ni siquiera sé si es mi mamá, si soy yo o si es mi hija quien recibe más información digital.

Quién abre más enlaces. Quién ve más videos. Quién se topa con más “verdades” empacadas en formato rápido. Lo cierto es que todos estamos ahí.

Ya no estamos hablando sólo de una generación ni de un idioma para hablarle a un público en especial. Eso se puede diseñar con estrategias: segmentar, ajustar el tono, definir audiencias. Pero el mundo digital está disponible para todos.

Y cuando algo está disponible para todos… también nos exige algo a todos. Nos exige criterio. Nos exige calma. Nos exige aprender a distinguir.

El problema ya no es que la información esté lejos. Hoy está encima. En el bolso. En la mesa. En la cama. En el coche. En la palma de la mano.

Hoy no sólo estamos informados: estamos expuestos. Y cuando estamos expuestos todo el tiempo, dejamos de pensar con calma. Reaccionamos.

Porque el contenido no compite por tu atención siendo más verdadero. El algoritmo no premia lo correcto.

De pronto, la conversación pública se volvió un ring. No gana el que argumenta mejor. Gana el que grita más fuerte. El que humilla mejor. El que provoca más reacciones.

Confundimos libertad de expresión con violencia. Confundimos opinión con ataque. Confundimos “tengo derecho” con “tengo razón”.

La libertad de expresión es un pilar de cualquier sociedad. Pero la libertad no es sólo tener un micrófono abierto. La libertad sin criterio se vuelve ruido. Y el ruido, cuando se acumula, se vuelve peligroso.

Porque el problema no es sólo que existan mentiras. El problema es que ahora las mentiras vienen producidas como verdades. Se ven reales. Se sienten reales. Y se comparten como si fueran un servicio a la comunidad.

A mí no me asusta que el mundo sea digital. Me asusta que “lo vi” sea suficiente. Que “me lo mandaron” se sienta como prueba. Que un video de quince segundos le gane a una verdad completa que necesita tiempo.

Y me asusta, sobre todo, por lo que viene. Porque soy mamá y pienso en el mundo donde crece mi hija: un mundo donde todo parece real, donde todo se mueve rápido, donde todo se puede editar, donde todo se puede disfrazar.

No quiero que mi hija crea todo. Quiero que aprenda a pensar. Que aprenda a dudar con inteligencia. Y también eso es libertad.

Libertad no sólo para hablar, sino para decidir sin estar manipulados por el miedo, la rabia o la urgencia del momento.

No sé si el futuro será más brillante o más oscuro. Pero sí sé que, en estos tiempos, defender la libertad es pensar mejor. Es leer completo. Es verificar. Es resistir el impulso de reenviar algo sólo porque nos encendió por dentro.

Si no aprendemos a distinguir, vamos a terminar viviendo en un país donde la verdad se sienta como una opinión más. Y yo todavía quiero vivir en un país donde la verdad importe.