Los golpistas transformadores siempre llegan en la madrugada. Entran a plena luz del día, con sonrisa institucional de color guinda y el PowerPoint listo con cifras extraordinarias. Son de los que toman el poder y gobiernan confundiendo.
Los números en cualquier ámbito de la vida, sirven para ordenar, entender y entonces, mejorar. Pero en manos del poder, suelen convertirse en literatura fantástica. La 4T no gobierna con datos, lo hace con cifras que suenan y se sienten bien. No importa que sean erróneos, basta con que consuelen. No importa que no resistan una revisión mínima, basta con que se repitan lo suficiente.
Se nos habla de crecimiento nacional mientras la vida diaria se encoge como un mantel mal lavado. De reducciones históricas que nadie percibe en su mesa, en la renta o en el transporte. De récords tan espectaculares que sólo existen en las conferencias de prensa. Y entonces aparece esa sospecha incómoda de que uno vive en un país distinto al de las estadísticas oficiales, como si la realidad y el discurso jamás coincidieran.
Mentir no es lo más grave, todos los gobiernos mienten. Lo verdaderamente peligroso es creerse la mentira. Enamorarse de ella. Convertirla en identidad. Porque entonces las cifras dejan de hablar entre ellas. El crecimiento no reconoce a la pobreza. La austeridad no coincide con el gasto opaco. La estabilidad evita mirar a la deuda adquirida. Es un rompecabezas armado con piezas de distintos juegos y presentado como logro histórico.
Los verdaderos golpistas no están en la oposición. Son esos porcentajes que cambian siempre de versión, esos promedios que esconden desfalcos, esas comparaciones que se mueven según la corrupción. Cifras que buscan blindar una altura moral y acaban delatándola. Porque los números, cuando se les maltrata, terminan en una mala broma.
Hay algo casi entrañable en todo este desastre estadístico. Es el prometer tantas cosas y portarse como otra persona para terminar siendo irreconocible aun para los propios cercanos. Los números forzados se contradicen, se pisan y se traicionan. Usaron las cifras para gobernar y acabaron gobernados por ellas. Al final no fue una conspiración, fue una hoja de Excel mal hecha.
Hay también una violencia discreta en esta forma de gobernar con aritmética creativa. Se le quita a la gente la posibilidad de entender su propia circunstancia. Y de paso, se le pide gratitud por avances inexistentes. Se le exige fe en la estadística. Y esas diferencias van desgastando la noción misma de la realidad nacional.
La debacle del país llega como las grietas en una casa mal construida. Primero una cifra que no cuadra. Luego otra que la contradice. Después el desprecio por quien pregunta o exige respuesta. Hasta que un día el edificio se viene abajo porque no hay narrativa que lo sostenga.
Los golpes de Estado del siglo XXI no siempre son complots. Muchas veces son víctimas de sus propias acciones. Las cifras maquilladas golpean al gobierno porque lo sabotean desde adentro. Fuego amigo que le llaman.
Porque las matemáticas no conspiran, no militan y no negocian. Ningún poder sobrevive cuando decide declararle la guerra a la realidad.
Y porque cuando un gobierno convierte los números en propaganda, no necesita a la oposición para destruirse. Con una calculadora basta...
