Hubo un tiempo en que había escucha, una escucha casi permanente. Y, entre muchas cosas, escuchábamos campanas... porque su tañido nos marcaba el paso del tiempo: seis de la mañana, mediodía, la una y cuarto, las tres y media, un cuarto de hora para las 6 de la tarde...
Ramón López Velarde, ese poeta tan injustamente manoseado por el nacionalismo revolucionario del PRI —siendo como lo fue un católico conservador—, escribió en su Suave Patria que: “...en tu provincia, del reloj en vela / que rondan los palomos colipavos / las campanadas caen como centavos”.
Palabras que remiten a escuchar. Escuchar a un país y un mundo muy distintos, una realidad en la que cotidianamente se colaba “el santo olor de la panadería”.
Pero López Velarde se suma a una pléyade de poetas que no sólo componen sus piezas pensando en su significado sino en su sonido. Georg Trakl, poeta nacido en Austria y muy admirado por Martin Heidegger, compuso varios poemas alrededor del silencio y, en uno de ellos, menciona el tañido de una sola campana en medio de la calma de una habitación deshabitada y desnuda. Un detalle en la escena que describe: hay pan sobra la mesa.
En Ginebra, ciudad verdaderamente internacional al ser la sede de distintos organismos y organizaciones de todo el mundo, cada año se festeja el Día Internacional de la Tierra con el tañido de las muchas campanas de su catedral, dedicada a San Pedro y actualmente el principal templo en Suiza de la fe Reformista (sólo los educados en el catolicismo les seguimos llamando protestantes), templo ubicado en la zona vieja de la ciudad.
La ceremonia comienza justo al momento en que el Sol se empieza a poner y dura varios minutos, con tres “melodías” que se van trenzando en un ejercicio multitonal que recuerda los antiguos cantos Gregorianos. Las campanadas empiezan en una nota alta, seguidas de un tono medio y después del más bajo, para desaparecer lentamente en el orden inverso, como en espejo, un detalle que subraya el aspecto pasajero del tiempo y el misterio de la vida.
Algo muy similar parece haber ensayado, por ejemplo, Max Richter en su “Spring 1”, parte que abre su reinvención de Las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi.
Como puede verse en el video “Bells of St. Pierre” (en https://youtu.be/HykmSlx8D5o), es admirable la musicalidad de las campanas de esa catedral ginebrina (pero también la de muchas otras iglesias en Europa). Y aún así, se debe recordar que la frecuencia sonora de cada campana es única e irrepetible, aunque se ubique dentro del rango de una nota o de otra, con mínimas variaciones.
Más cercano a mi historia, guardo la experiencia de escuchar las campanadas de la Iglesia de la Virgen de Guadalupe Inn, en la Plaza Valverde, casi en la contra esquina de la Librería El Juglar. Tomando el café en su cafetería, hace muchos años, una mañana vi a Juan Rulfo platicando con alguien. Y entonces las campanas de la iglesia comenzaron a sonar.
Fue un momento mágico, pues recordé las referencias a las campanas de iglesias muy pobres en la obra de Rulfo. Y entonces entendí el “alma íntimamente reaccionaria” de López Velarde, su amor por la provincia ya perdida y la imposibilidad de regresar al “Edén subvertido”. Quise compartir ese momento con mi abuelo materno y una mañana lo invité a tomar café y esperar los dos, pacientemente, el tañido de esas “campanadas que caen como centavos”.
Cosas así suceden cuando uno escucha el sonido de las campanas.
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