En en pleno corazón de una de las últimas selvas saludables de México, se construyó un aeropuerto que forma parte de las instalaciones asociadas al mal llamado Tren Maya, un proyecto que ya ha generado un fuerte impacto ambiental en la región: deforestación, fragmentación del hábitat y alteración de ecosistemas extremadamente frágiles.
La gobernadora María Elena Hermelinda Lezama Espinosa -Mara Lezama-, en su inauguración lo anunció con bombo y platillo como "el aeropuerto de la selva" (aun a pesar de que poco antes el expresidente Andrés Manuel insistiera que allí no había selva, que eran acahuales), lo que me pareció una de las proclamas más estúpidas en tiempos recientes, teniendo en cuenta la crisis ambiental global y la sexta extinción masiva por la que atravesamos, ya que derribaron miles de árboles de una hermosa e importante selva mediana y sobre ríos subterráneos, con la afectación ecológica que eso conlleva, en una de las zonas con más jaguares del país -por mencionar una especie importante-, sin manifestación de impacto ambiental previa, para hacer un aeropuerto más en Quintana Roo.
Ahora, a ese daño acumulado se le suma un nuevo nivel de perturbación: el ruido extremo. Hace unos días vi atónito que como no les funcionó el Tren Maya, quieren inventarse cosas para generar recursos y se pretende realizar próximamente una carrera de NASCAR acompañada de un show aéreo en el aeropuerto.
El sonido de motores de alta velocidad, aeronaves militares y explosiones sonoras no es un detalle menor. Es una forma directa de contaminación acústica que afecta gravemente a la fauna silvestre. En esta selva habitan más de 54 especies de murciélagos -con sistemas auditivos ultra especializados- además de monos, jaguares, aves y reptiles que dependen del sonido para sobrevivir.
Para muchos animales, el oído no es un sentido más: es su principal herramienta para orientarse, comunicarse, cazar y evitar peligros. Alterar ese equilibrio puede provocar desorientación, estrés extremo, abandono de crías, cambios en sus patrones de alimentación e incluso la muerte.
Este tipo de eventos no solo ignora la fragilidad del ecosistema, también normaliza la idea de que la naturaleza puede adaptarse a cualquier nivel de perturbación humana. Y no es así.
La selva no es un escenario para espectáculos de alto impacto. No es un espacio vacío. Es un sistema vivo, complejo y profundamente vulnerable.
Lo que está ocurriendo en Tulum no es desarrollo responsable. Es la suma de decisiones que, poco a poco, están erosionando uno de los patrimonios naturales más importantes de México.
Si realmente valoramos la biodiversidad, este tipo de prácticas deben cuestionarse y detenerse.
Porque lo que se pierde en la selva… no se recupera.

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