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El triángulo criminal: Colombia, Venezuela y México

Colombia se consolida como el mayor productor mundial de cocaína; sólo en 2023, la ONU registró un récord de 2,600 toneladas. Pese a los esfuerzos institucionales, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) controlan los cultivos, laboratorios y la minería ilegal. Estos grupos operan como brazos financieros y aliados políticos del régimen, funcionando —en palabras del presidente Petro— como un "ejército privado" al servicio de cárteles mexicanos.

Venezuela actúa como la plataforma logística clave. El país ofrece un "puente aéreo y marítimo" para la pasta base y la cocaína a través de pistas clandestinas. Esta operación cuenta con la complicidad del Cártel de los Soles, estructura que vincula a las Fuerzas Armadas y a la élite política venezolana para garantizar lealtad al régimen. A cambio de una participación en las rentas ilícitas, el gobierno de Maduro ofrece refugio a grupos criminales, asegurando el flujo constante de droga hacia México.

México: Centro de Gravedad y Distribución. En México, los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación (CJNG) actúan como los "gerentes" de la logística hacia EU y Europa. Han establecido alianzas con el Tren de Aragua —catalogado por la administración Trump como organización terrorista—, el cual provee servicios de seguridad y control de rutas migratorias para el tráfico.

México es un centro de gravedad y de distribución donde hoy convergen dos modelos de negocio:

  1. Ruta Orgánica (Sur-Norte): El cordón umbilical que une los laboratorios del Catatumbo colombiano con pistas en los estados venezolanos de Apure y Zulia, bajo protección estatal.
  2. Red Química (Este-Oeste): El tráfico de fentanilo, más letal y lucrativo, cuyos precursores llegan desde China e India a los puertos de Manzanillo y Lázaro Cárdenas.

La salida de Maduro no erradicará el narcotráfico en Venezuela; por el contrario, podría disparar un conflicto civil o un vacío de poder capitalizado por el crimen. El obstáculo real no es el mandatario, sino unas Fuerzas Armadas venezolanas profundamente ligadas al tráfico de drogas, cuyo desmantelamiento hoy es inviable sin una invasión masiva o una fractura interna inexistente.

Este escenario marca un punto de inflexión regional. Anticipa una ofensiva de Trump contra los cárteles mexicanos y un giro irreversible de Washington hacia un modelo de seguridad militarizado y punitivo en América Latina.

El gobierno de Sheinbaum debería tomar nota.