Llegó la iniciativa de reforma electoral. Lo más probable es que sea rechazada porque en ella se mantiene la reducción del financiamiento a los partidos, se enreda la proporcionalidad de tal modo que sería algo distinto y de plano se cancela en el Senado, y por eso ya se está diseñando lo que sería el plan E: impulsar cambios a las leyes secundarias para debilitar al INE.
Lo intentaron así hace unos años, como plan B, pero el proceso legislativo fue tan sucio y rudimentario que la Suprema Corte lo rechazó.
En aquella ocasión se cargaron, de un plumazo, al sistema electoral de carrera, pusieron en vilo la mitad de los puestos, destituyeron al secretario general, abrieron la puerta para que el gobierno interviniera en la elaboración del padrón electoral y añadieron la amenaza de reducir el presupuesto de áreas sustantivas de la autoridad encargada de los comicios.
Por desgracia, la Suprema Corte no entró al fondo del asunto, donde se advertían regresiones y riesgos para el sistema democrático, pero ahora ya no habrá ni con quién quejarse.
Por eso, lo pueden volver a intentar, y con altas posibilidades de lograrlo, porque en Morena ya no requerían sino de la mayoría simple.
Eso sí, no podrán recortar lo que reciben los partidos, los tiempos oficiales de radio y televisión, ni cambiar la integración de las cámaras, el esquema de proporcionalidad y la cancelación de la pluralidad en el Senado, porque ello sí requiere de cambios a la Constitución.
Desde el plan A, la idea fue la de debilitar al INE, porque en aquellos años, los de López Obrador, sí era un contrapeso y funcionaba del modo adecuado, a diferencia del TEPJF donde muy pronto cooptaron a quien tenían que cooptar y lo que vino después solo es la consecuencia.
Con el paso de los años, en lugar de buscar puntos de convergencia, lo que se ha hecho es radicalizar las propuestas que nos tienen donde estamos, con una iniciativa que no fue discutida ni con los aliados de quienes tienen el poder político.
Como quiera que sea, llegó la hora de las definiciones y, por desgracia, se acomodarán en el marco de degradación democrática.
Es factible detener el plan D, pero nadie debe lanzar las campanas el vuelo, porque no van a cejar en el propósito que establecieron desde hace años y mucho menos en contrariar la voluntad de López Obrador, quien sigue siendo el principal impulsor de la chatarrización de la vida pública.
Es el asedio a la democracia, justo eso.
