Convertido en refugio de presuntos delincuentes y lugar de vacaciones para los cuates, el otrora prestigioso Servicio Exterior Mexicano, hay que preguntar quién es el secretario de Relaciones Exteriores que permite tal destrucción.
Es Juan Ramón de la Fuente.
Qué manera de destruir su imagen. O de ubicarla en su justa dimensión.
Mario Delgado, secretario de Educación Pública, dio a conocer que en la negociación con un funcionario de quinto nivel, para contentarlo y que salga de la oficina con un hueso, le ofreció la embajada de México en un país latinoamericano.
A De la Fuente lo ignoran. Ni siquiera lo hacen de mala fe. No existe, de tan pequeño que se hizo.
Le impusieron como embajador en el Reino Unido a Alejandro Gertz Manero, carente de cualquier formación diplomática.
El nombramiento de Gertz tuvo resistencias de la cancillería británica.
Dudaron en darle el beneplácito por lo poco funcional que resultaba para la relación bilateral un embajador de 86 años.
Y, sobre todo, porque el nombramiento en Londres obedeció a una oscura negociación política a raíz de los escándalos de crimen organizado que involucran a Adán Augusto López.
¿Qué papel tuvo De la Fuente en esa decisión?
Ninguno, que se sepa. Y si lo tuvo, peor.
¿Cómo aceptó que le impusieran como embajador al fiscal que persiguió a científicos de la UNAM, para encarcelarlos sin motivo?
Para que Adán Augusto salga del país y no afecte a Morena por su presunto papel en una mafia criminal, le habrían ofrecido una embajada en Europa.
A una de las grandes economías del mundo, Italia, mandaron como embajador a un articulista sin experiencia diplomática ni política, Genaro Lozano.
El canciller está borrado mientras el gobierno desdibuja la representación de México ante el mundo.
De la Fuente, como exembajador ante la ONU y actual canciller, no pudo conseguirle un sólo voto a Alicia Bárcena para la próxima elección de secretario general de la ONU.
No pinta en ningún lado. Y si bien se mira, estorba para la próxima renegociación del T-MEC.
Penoso el derrumbe de De la Fuente, luego de décadas de trabajo en la construcción de su imagen de pieza clave en la política nacional.
Lo destruyó su abyección a López Obrador, que lo hizo su empleado y lo trató con desprecio.
Se hizo chiquito cuando AMLO difamó a la UNAM porque “se derechizó” y adoptó un pensamiento “neoliberal” e individualista durante los últimos 36 años.
Vapuleó a la Universidad porque, afirmó, no estuvo a la altura ante el saqueo nacional. Afirmó que perdió su esencia crítica y se sometió a las políticas de privatización de gobiernos anteriores.
¿Y quién fue el rector de la UNAM durante ocho años de ese periodo en que la Universidad se sometió a las políticas privatizadoras y perdió su esencia?
Juan Ramón de la Fuente dobló la cerviz, depuso su orgullo y esfumó su altivez.
Con sevicia e insistencia López Obrador calumnió al doctor José Narro con señalamientos indirectos e infundados de corrupción, y De la Fuente, su compañero y amigo, hizo mutis.
Cuando era secretario de Salud y luego rector de la UNAM, a Juan Ramón de la Fuente se le hería con el menor comentario que tocara su ego.
Reaccionaba como rayo para escarmiento del periodista o funcionario irreverente.
De antología era el celo con que promovía su apariencia.
Lo descomponía que alguien no compartiera la opinión que él tenía de sí mismo: su grandeza intelectual, ejecutiva, cultural, política.
Una crítica a la UNAM equivalía a una blasfemia personal contra el Zeus de la torre de Rectoría.
Pícaros como son, algunos editores de periódicos hicieron su agosto con el cultivo de la vanidad del rector De la Fuente.
Ahora, despojado de cualquier atisbo de grandeza, convertido en una carga dentro del gabinete, De la Fuente se muestra como el hombre que tal vez siempre fue. Pequeño, débil de carácter, irrelevante, desleal con los que fueron sus amigos y con la Universidad que encabezó.
