Surgido en mayo de 1948, con el beneplácito de la Organización de las Naciones Unidas como la materialización de la vieja aspiración de un Estado nacional judío, tras siglos de persecución.
En medio de esa debacle, de seguir por esa deriva, Israel, rehén de los psicópatas mesiánicos, podría terminar por parecerse a aquellos mismos fanáticos a los que dice combatir: Irán, Hamás, Hezbolá o los hutíes.
Concebido como una utopía socialista por sus padres fundadores, David Ben-Gurión, Golda Meir, entre otros, el kibutz israelí, o granja colectiva, fue la principal manifestación de dicho ideal, que combinaba el socialismo ideológico con el sionismo. Estas comunidades se caracterizaban por la propiedad comunal, la crianza colectiva de los niños y el trabajo compartido. Si bien fue fundamental en los inicios de Israel, esa ilusión se enfrentó progresivamente a un declive económico y a una intensa privatización a partir de la década de 1970.
La llegada al poder en 1977 por la extrema derecha sionista del Likud, encabezada por Menájem Beguin, supuso un nuevo revés para el histórico laborismo israelí, que fue desalojado del poder hasta 1992, cuando regresó a éste de la mano de su líder Issac Rabín.
Éste cayó asesinado en noviembre de 1995 en medio de un acto multitudinario en pro de la paz en una plaza de Tel Aviv a manos del fanático ultraderechista, Yigal Amir, de tan sólo 25 años, quien cobardemente le disparó por la espalda; preso desde entonces y quien nunca se ha arrepentido de su crimen.
En octubre de 2023, Netanyahu estaba contra las cuerdas. Fue entonces que sobrevino el brutal ataque de Hamás, un pogromo en toda regla, ejecutado contra diversos kibutz y un festival de música en el suroeste de Israel, que se saldó con el asesinato, mutilación y violación de casi 1200 personas y el violento secuestro de 250 más, en lo que constituyó el episodio antisemita más brutal y feroz desde 1945.
La agresión emponzoñó todavía más el enrarecido clima social israelí, producto del hastío bélico, pero salvó el pellejo de Netanyahu y la continuidad en el poder de la delirante coalición que lo apoya, en la que sobresalen los fanáticos zelotes, Itamar Ben-Gvir, actual ministro de Seguridad Nacional, quien con tan sólo 19 años celebró pública e impúdicamente el asesinato de Rabin; Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas, y pertinaz incitador a la violencia contra los palestinos en Cisjordania, quienes han arrastrado a Israel por la senda del belicismo y la destrucción del legado histórico de esa nación.
Dichos socios junto con Netanyahu impulsaron la controvertida iniciativa en el Knéset o Parlamento israelí, por la que Israel instauraría la pena de muerte -hasta ahora sólo ejecutada contra el nazi Adolf Eichmann en 1962 por sus crímenes contra la humanidad- para ahorcar a palestinos condenados por ataques letales y que la ley fue redactada de tal suerte que hace imposible su aplicación a extremistas judíos por crímenes similares.
La legislación ayer aprobada se aleja por completo de la tradición judía de rechazo categórico contra la pena capital, aliena a los amigos y aliados de Israel y deteriora aún más la de por sí maltrecha imagen internacional de ese Estado. Todavía debe pasar la aduana del Tribunal Supremo de Israel, donde se contempla que sea rechazada por una mayoría de sus 15 miembros. No obstante, el daño reputacional provocado por los mesiánicos será muy difícil de reparar.
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