Los políticos buscan que su mensaje verbal —lo que dicen— y su lenguaje no verbal —lo que muestran— estén alineados. Para ello es importante que su imagen sea congruente con lo que expresan.
Pero a veces el poder se filtra por los detalles: en una mirada, en un gesto… o incluso en los zapatos.
Eso es exactamente lo que ocurrió recientemente cuando Donald Trump decidió regalar zapatos negros de la marca Florsheim a miembros de su equipo.
La razón, según comentó, es simple: considera que algunos de sus colaboradores no visten bien.
No es una idea nueva. Robert Greene, autor de varios libros —entre ellos The 48 Laws of Power— dice que el poder siempre se apoya en símbolos.
En su famosa Ley 34 escribe: “Actúa como un rey para ser tratado como tal”.
Los líderes han entendido esto desde hace siglos.
Louis XIV, el Rey Sol, convirtió los tacones rojos en un privilegio exclusivo de su corte. No eran simplemente un capricho de moda. Eran una señal visual de jerarquía: solo quienes tenían acceso al monarca podían usarlos.
El calzado funcionaba como una auténtica insignia política.
El poder siempre se ha apoyado en símbolos visibles: el color de una corbata, el corte o material de un traje, las condecoraciones, los uniformes. Son señales silenciosas que hablan de jerarquía y pertenencia antes de que empiece el discurso.
Pero los zapatos también pueden comunicar algo distinto.
Trump siempre ha entendido algo que muchos políticos olvidan: la apariencia también comunica poder. En su libro The Art of the Deal insiste en la importancia de la primera impresión. En los negocios —y en la política— la percepción suele anteceder a la realidad. Antes de escuchar a alguien, ya lo hemos evaluado.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill solía aparecer con zapatos viejos y gastados.
Mientras sus asistentes le sugerían reemplazarlos, él se negaba. En un país sometido al racionamiento entendía que también había que mostrar empatía en el vestir: el exceso podía mandar una señal equivocada.
Los zapatos dicen más de lo que parece. Son una extensión de quien los usa: revelan si alguien cuida los detalles, si prefiere la comodidad o la estética, si están limpios, si son modernos o, más básico aún, si son de su talla.
En una fotografía reciente, los zapatos que usa Marco Rubio se nota que le quedan grandes para su tamaño. Sin embargo, Rubio los lleva puestos, por incómodos que resulten.
En los círculos del poder, los símbolos no se discuten. Se adoptan.
Y entonces surge una pregunta inevitable: si alguien está dispuesto a usar unos zapatos que no le quedan bien para agradar al líder ¿qué más estaría dispuesto a hacer?
