La semana pasada ocurrió algo poco común. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, hizo lo que nadie se atreve a hacer: se rebeló frente al populismo imperial de Trump. Su mensaje fue directo: no queremos vivir bajo dominación arbitraria. Queremos ser libres e independientes.
Su discurso se volvió símbolo de la gran disputa de nuestro tiempo: la confrontación entre la vida independiente y la dominación; entre el liberalismo y el populismo, junto con su vertiente imperial.
Carney, como Churchill en 1946 con su discurso de “la cortina de hierro”, señaló el quiebre de una época. Lo hizo con crudeza: los fuertes se imponen y los débiles sufren. El nuevo imperialismo —advirtió— usa la integración económica como mecanismo de subordinación.
Pero no se limitó al diagnóstico. Lanzó la estrategia de resistencia canadiense y convocó a otras naciones a coordinarse para sostener un mundo libre: “dejar de competir entre sí para agradar al hegemón y unirse para construir un tercer camino con impacto real”.
Canadá puede hacerlo porque es fuerte por dentro. En palabras de Carney: es una superpotencia energética; tiene una de las poblaciones más educadas del mundo; capital, talento y capacidad fiscal para actuar con decisión; una sociedad pluralista y un espacio público ruidoso, diverso y libre.
México está en las antípodas. En vez de resistir la dominación, optamos por agachar la cabeza para soportar humillaciones imperiales. Desviamos la mirada para no incomodar al amo. Rezamos en la plaza pública para que el servilismo sea recompensado con las migajas del favor arbitrario.
La presidenta no tiene márgenes. La debilidad mexicana es estructural y antigua, pero Morena la profundizó. En su afán —como el populismo yanqui— de imponer dominación arbitraria, borró contrapesos y encogió los márgenes de la República. Profundizó la paradoja latinoamericana: gobierno sin frenos sobre un Estado débil, en pacto con poderes fácticos. La arbitrariedad asfixia pluralidad y economía; la debilidad estatal erosiona bienes públicos. Ambas estrangulan la libertad.
La cancelación del aeropuerto de Texcoco, la captura del Poder Judicial, la destrucción de los mercados energéticos y la dilución del amparo desplomaron el crecimiento —el más bajo desde los años ochenta— y el empleo formal. Pemex está en su peor nivel de producción; prácticamente no hay nuevos proyectos eléctricos; dependemos más que nunca del gas estadounidense, pese a nuestras reservas.
A ello se suma el debilitamiento estatal en frentes decisivos: expansión del crimen organizado después de “abrazos, no balazos”; colapso educativo tras restaurar el pacto corporativo sindical; retroceso sanitario al destruir el Seguro Popular; asfixia de la diplomacia profesional; y próximamente una reforma política que reduce la pluralidad.
Canadá y México están igual de integrados a Estados Unidos. La diferencia es decisiva: ellos tienen gobierno limitado y Estado fuerte; nosotros, gobierno arbitrario y Estado debilitado.
Ambos vivimos en los linderos del Imperio. Canadá puede buscar autonomía; México no. El nuevo embate imperial, como en la Guerra de 1846-48, nos toma en nuestra hora más obscura.
Urge una reconstrucción liberal, con sentido estratégico, de la República y del Estado.
Sobre esto continuará Movimiento de Independencia.
