Vivimos en la época donde la gente vive convencida de que la felicidad siempre está más adelante. Después del siguiente aumento. Después de la siguiente casa. Después del siguiente coche. Después del siguiente millón. Y cuando llegan ahí, descubren desconcertados que tampoco era eso. Y siempre están esperando lo que sigue para sentirse “felices”.
Porque hay hambres que no se quitan comiendo.
Porque hoy sabemos que los multimillonarios nunca encontrarán felicidad en su dinero, que los colonizadores nunca encontrarán plenitud en las tierras y vidas que arrebatan, que los déspotas nunca encontrarán legitimidad en el miedo que generan. Es la vieja tragedia humana, la de intentar llenar un vacío con el recurso equivocado. Y la historia nos dice que los fascistas jamás encontrarán éxito en su propio conformismo.
Porque después de ocho años en el poder, la Transformación sigue comportándose como si acabara de llegar. Tiene la Presidencia, el Congreso, la mayoría de los gobiernos estatales, presupuestos millonarios históricos, una concentración de poder que ningún Poder Ejecutivo había tenido en décadas. Y aun así sigue hablando como oposición. Sigue necesitando enemigos, culpables y explicaciones. Como si la realidad fuera siempre responsabilidad de alguien más. Como si gobernar consistiera únicamente en pelearse y hacer videos.
Mientras tanto, México sigue esperando. Algo de infraestructura, seguridad o un sistema de salud que funcione. Esperando que las promesas abandonen el terreno de la propaganda y entren al de los hechos.
Ahí está el Mundial. No porque sea lo más importante, sino precisamente porque no lo es. México sabe desde 2018 que sería sede. Ocho años después aparecen las soluciones improvisadas. Como si el calendario hubiera sido una emboscada. Ahí está también el aeropuerto. Un proyecto ejemplar concebido para conectar a México con el mundo fue cancelado, sustituido por una promesa distinta, y después por otra, y después por otra más. Cada una más inútil que la anterior. Porque en este país parece más fácil cancelar que construir, más fácil anunciar que terminar y más fácil inaugurar que resolver.
Y el hambre permanece. Porque el problema nunca ha sido la falta de poder, ni de dinero ni de tiempo. El problema es creer que la propaganda puede sustituir a los resultados, que una mano de pintura puede reemplazar años de planeación, que una conferencia puede corregir una mala decisión, que una narrativa puede derrotar el caos en una ciudad.
Pero la realidad tiene una virtud incómoda. Siempre termina llegando. Y a diferencia de la conferencia mañanera, no admite preguntas. Lástima que nadie en Palacio Nacional haya pensado en invitarla...
Recomendar Nota
