En los tiempos que corren, el liberalismo se ha convertido en un concepto incómodo. En el discurso oficial es sinónimo de corrupción, elitismo o indiferencia social. El (neo)liberalismo es la ideología a desterrar y los liberales, los enemigos a vencer. En medio de esta polarización, pocos se detienen a reflexionar qué es el liberalismo y qué implica ser liberal. Se discute contra una caricatura y se da por muerto un pensamiento que, en realidad, es diverso y cuenta con una larga tradición histórica. En los párrafos que siguen retomo algunas ideas expuestas por el reconocido profesor Cass Sunstein en un breve libro cuya lectura recomiendo (On Liberalism, MIT Press, 2025). Se trata de abrir un debate necesario.
El liberalismo no es una doctrina monolítica ni un catecismo cerrado, sino una tradición amplia, diversa y con importantes contradicciones internas. Existen liberalismos preocupados por la relación entre Estado y mercado, mientras que otros ponen el acento en la corrección de las desigualdades; algunos insisten en la justicia y los derechos, mientras que otros priorizan la autonomía individual; unos postulan un republicanismo nacionalista, otros el Estado social de derecho. Reducir el liberalismo a una sola versión es desconocer su historia y su riqueza.
Con todo, esa diversidad no implica ausencia de núcleo. El corazón del liberalismo, argumenta Sunstein, reside en la valoración de dos ideas centrales: la libertad y el pluralismo. La libertad, entendida no sólo como ausencia de coerción, sino como agencia. En las sociedades liberales se alienta a las personas a trazar su propio camino, a ser las autoras de las narrativas de sus propias vidas, a tomar decisiones significativas sobre quiénes quieren ser y cómo quieren vivir. Esta idea de agencia supone tratar a las personas como sujetos morales, no como instrumentos de proyectos colectivos en los que la colectividad se impone sobre el individuo.
El pluralismo es la consecuencia lógica de este compromiso con la libertad. Si las personas son libres para elegir, es inevitable —y deseable— que elijan caminos distintos. El liberalismo reconoce y acepta que en una sociedad coexistan distintas concepciones de la vida, creencias religiosas diversas, proyectos políticos enfrentados y estilos de vida incompatibles. Lejos de ver esa diversidad como una amenaza, el liberalismo la asume como un dato que enriquece la vida social.
De ahí se derivan algunas de sus tesis más conocidas: la protección de las libertades básicas, la necesidad de límites al poder, la centralidad de reglas e instituciones que permitan gestionar el desacuerdo sin recurrir a la fuerza, así como mecanismos de solidaridad orientados a respetar la dignidad humana. El liberalismo es la posibilidad de vivir en rebeldía y sin miedo.
Sunstein subraya además algo que suele perderse en la discusión pública: el liberalismo no es indiferencia moral. Defender la libertad de expresión no implica celebrar el discurso ofensivo; proteger el debido proceso no supone simpatía por quien infringe la ley; aceptar el pluralismo no equivale a renunciar a los propios valores.
¿Por qué me considero liberal? Porque creo en las libertades de expresión, de creencias y de asociación. Porque creo que el ejercicio del poder necesita límites y contrapesos. Porque la historia muestra que quienes prometen unidad a costa del pluralismo suelen terminar exigiendo obediencia. Y porque, con todas sus tensiones, el liberalismo sigue siendo una de las pocas tradiciones que toma en serio una idea esencial: que nadie debería tener autoridad suficiente para decidir, sin límites, el destino de los demás.
