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Cuando ofrecer la renuncia dignifica

En México, parece que admitir un error es un pecado capital, pero aferrarse al puesto y buscar culpables es una virtud casi sagrada. Se ha normalizado una cultura donde la responsabilidad se diluye entre excusas y la búsqueda incansable de chivos expiatorios. ¿Cuántas veces hemos visto conductas reprochables, cometidas bajo el amparo del servicio público, e incluso en el sector privado, que no tienen la más mínima consecuencia? No me refiero solo a sanciones penales o administrativas, sino a algo mucho más básico y escaso: la decencia elemental de ofrecer la dimisión cuando se falla en la tarea encomendada.

En otras latitudes, esta "cultura de la dimisión" es casi una pieza de la decencia de las personas. En países como Alemania, Japón e Inglaterra, se han dado varios ejemplos de este actuar. En esos lugares, se entiende que el cargo no es un trofeo personal, sino un depósito de confianza pública que, una vez roto, debe devolverse.

Aquí, lamentablemente, la postura suele ser la inversa. Quien se equivoca, lejos de retirarse, suele "doblar la apuesta" buscando quién la pague. Un ejemplo claro y doloroso de ello sucedió en la gestión de Francisco Garduño al frente del Instituto Nacional de Migración, hace un par de años. Tras la tragedia en un centro de detención bajo su mando en Chihuahua, donde la falta de controles elementales ante un lamentable incidente cobró la vida de más de 38 personas, lo lógico habría sido, por lo menos, una renuncia inmediata. Sin embargo, no solo se le mantuvo en el cargo, sino que fue ratificado y posteriormente premiado con nuevas responsabilidades en la administración pública.

En ese triste contexto, hace unos días surgió un gesto que nos devuelve un poco la fe en la ética profesional. El director editorial de la Gaceta de la UNAM nos dio una lección de integridad. Tras señalar un error en la revisión editorial por parte de una gran periodista del ámbito legislativo, el indiciado no buscó pretextos ni culpó a sus subordinados. Reconoció el fallo en un tema que consideró sumamente sensible y, con una valentía que pocos muestran en este país, presentó su renuncia.

Este acto generó un eco inmediato y necesario. Varios líderes de opinión salieron a reconocer el gesto, coincidiendo en que la honestidad y capacidad del individuo, así como el hacerse cargo de sus propios errores, lejos de ser una debilidad, confirmaban su valía para seguir ocupando el puesto. Fue entonces cuando en la UNAM se tomó una decisión con altura de miras al rechazar la renuncia que habría ofrecido.

El reconocimiento del error y la toma de responsabilidad inmediata no deben ser soslayados o minimizados. En un país en el que nadie se hace responsable de casi nada, este ejemplo resulta una luz en un obscuro camino. Al final, se decidió la permanencia de esta persona en el cargo. Su dimisión ofrecida no fue una huida, sino un acto de decencia que valida su permanencia. El día que los mexicanos decidamos hacernos cargo de nuestros actos sin buscar culpables ajenos, ese día habremos empezado a cambiar de verdad.

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