El Departamento de Justicia abrió una investigación contra Jerome Powell, presidente de la Fed, el Banco Central de Estados Unidos. Oficialmente, indaga el sobrecosto de la remodelación de su sede, pero nadie en Washington o Wall Street cree eso. El asunto es que Powell mantiene las tasas de interés en 3.5%, mientras Trump las quiere en 1%.
Es la Casa Blanca utilizando el aparato de justicia contra una institución autónoma. No son sólo presiones o declaraciones, es una confrontación abierta contra las decisiones técnicas de la Reserva Federal. Nueve banqueros centrales del mundo firmaron una declaración defendiendo a Powell. Todos los expresidentes de la Fed, exsecretarios del Tesoro de ambos partidos, e incluso líderes empresariales, lo han respaldado públicamente.
- EU concentra 83% de nuestras exportaciones. Una recesión motivada por una política monetaria errática reduciría significativamente ese mercado, con impacto directo de miles de millones de dólares en nuestra economía. Empleos perdidos, remesas contraídas, menos inversiones. Todo eso en el contexto de la revisión del T-MEC.
En este lado de la frontera ya conocemos el desenlace de ese modelo de intervención ejecutiva en el banco central. Recordemos cuando las tasas de interés del Banco de México obedecían a decisiones políticas. Los estímulos artificiales provocaron crisis sexenales recurrentes –la inflación llegó a 160% en 1987-. Cuando las decisiones monetarias responden a la realidad económica, la estabilidad llega. Cuando las controla el poder político, perdemos todos.
La Casa Blanca ignora esa lección que ya vivió en los años 70. Supongamos que Trump logra remover a Powell, designar a un presidente afín y obtener los recortes agresivos que pretende. Los créditos baratos impulsan el consumo y aceleran la economía en el corto plazo, hasta que la realidad cobre factura.
Paradójicamente, hoy la administración Trump impulsa políticas potencialmente inflacionarias. Aranceles que encarecen importaciones, deportaciones que impactan al mercado laboral, déficit fiscal creciente. Esas son las presiones estructurales que reactivarían la inflación. Los mercados, anticipando ese riesgo, exigirían mayores rendimientos y las tasas de largo plazo volverían a subir.
Lo más grave: una Fed politizada perdería su enorme credibilidad construida durante décadas. ¿El dólar seguiría siendo estable y seguro si las decisiones monetarias obedecen a caprichos presidenciales?
México, no obstante, podría tener una ventana de oportunidad: si mantenemos un banco central independiente, técnico y profesional, ofrecemos condiciones de certidumbre que nos mantengan (y potencien) como un destino atractivo de inversión.
Hasta el momento, los mercados apuestan a que Trump retrocederá. Sin embargo, se ha sentado un precedente para futuros presidentes de la Fed: o ceden a la presión presidencial o sufren las consecuencias.
La pregunta clave para México es: ¿cómo nos preparamos para enfrentar la incertidumbre de nuestro principal socio? Si actuamos con anticipación, podemos reducir el impacto de una crisis potencial. Debemos construir escenarios que nos permitan prever, no sólo reaccionar. Comunicar estratégicamente nuestras fortalezas, acelerar nuestra diversificación comercial y reconstruir instrumentos contracíclicos como el Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios. La volatilidad puede ser inevitable, nuestra vulnerabilidad no tiene por qué serlo.
