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Álvarez-Buylla y Marx Arriaga, las líneas del disparate

Al vodevil protagonizado por Marx Arriaga, se sumó María Elena Álvarez-Buylla, encargada del Conahcyt durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

Un respaldo sintomático, sobre todo porque coinciden en su actitud de destrucción institucional, desprecio por la ciencia y oscurantismo.

Álvarez-Buylla es, con alta probabilidad, una de las peores servidoras públicas en un periodo donde lo que destacó fue la falta de conocimiento, la improvisación y el capricho.

Debutó queriendo meter en prisión a un grupo de 31 científicos, acusándolos de lavado de dinero, criminalidad organizada y del grave delito de tomar vino tinto en las comidas, un disparate en el que, paradójicamente, tuvo un empeño el entonces fiscal Alejandro Gertz, quien estaba molesto con la comunidad científica porque no lo habían admitido, y con razón, en el Sistema Nacional de Investigadores.

Cada uno de los acusados resultó absuelto de semejante infamia.

Álvarez-Buylla rompió todos los puentes con las comunidades académicas y nombró a José Antonio Romero Tellaeche como director del CIDE, institución a la que le hicieron un daño enorme, que ahora se intenta reparar.

La directora del Conahcyt inventó que se contaría con la vacuna Patria para enfrentar al Covid-19 y es el día en que nadie la ha utilizado, pero significó un gasto de 900 millones de pesos a fondo perdido.

Canceló 109 fideicomisos, complicado la continuidad de investigaciones e inclusive de estudios en el extranjero.

Álvarez-Buylla pertenece, además, a los sectores más radicales de la 4T, esos que ven el servicio público desde un enfoque patrimonialista y se sienten depositarios de la pureza ideológica de esa extrañeza que es el “humanismo mexicano”.

Por eso converge con Marx Arriaga, inclusive a contrapelo de la prudencia en una situación en desarrollo y cuyas consecuencias son todavía inciertas.

Álvarez-Buylla, como el propio Marx Arriaga, estiran la cuerda porque pueden, porque suponen que se mantendrán los respaldos, ficticios o ciertos, con los que creen contar.

Marx Arriaga abandonó las instalaciones de la SEP cuatro días después del aviso de su despido. Afuera lanzaron consignas de “educación primero, al hijo del obrero, educación después, al hijo del burgués”.

Termina solo un capítulo de este entuerto, porque Marx y María Elena, y los que se sumen, seguramente seguirán “en la lucha”, con una agenda extraviada y distante, no sólo de la lógica de gobierno, sino de la realidad.