Culiacán, Sin.- El pasado 11 de febrero, a la entrada del fraccionamiento Los Ángeles, al norte de Culiacán, fue asesinado —según la autoridad, “víctima colateral”— el joven de 15 años Ricardo Misael López Cebreros.
Es una muerte más. Un joven —casi un niño— que se suma a la ya dolorosamente extensa lista de más de 60 menores asesinados entre los más de 2 mil 500 fallecidos en apenas 18 meses de esta guerra interminable que desangra a Sinaloa.
Medios locales informaron que los agresores le dispararon en al menos 20 ocasiones antes de darse a la fuga. Veinte disparos. Y aun así, el lenguaje oficial pretende reducirlo a la categoría de “colateral”, como si la semántica pudiera suavizar el horror o diluir la responsabilidad.
Indigna también que el primer impulso gubernamental sea revictimizar. Convertir a las víctimas en sospechosos. Insinuar vínculos, sembrar dudas, deslizar culpas. Matar no sólo el cuerpo, sino también la memoria.
Frente a un gobierno estatal carente de empatía, con un mandatario que ni siquiera emitió un pronunciamiento sobre el asesinato de un menor; con resultados magros en obra pública; desempeño mediocre en los tres grandes satisfactores sociales —salud, educación y economía—, y con un fracaso evidente en materia de seguridad pública, el descontento social no sólo es comprensible: es inevitable.
La ausencia de sensibilidad lastima. Duele la indiferencia.
Hubiera esperado mayor empatía del gobierno federal tras escuchar a la madre del joven convocar a una marcha pacífica en honor a su hijo. En lugar de ello, escuchamos a la presidenta ocupar la tribuna para defender a la veracruzana afrancesada Salma Hayek.
Ni una sola mención para Ricardo.
Ni una palabra para su familia.
Ni un gesto de solidaridad para el pueblo sinaloense, que observa con tristeza cómo se desvanece la esperanza de un Sinaloa en paz.
Cuando la autoridad normaliza la tragedia, la sociedad tiene que reaccionar.
Este domingo 22 habrá marcha en Culiacán. La cita es a las 10:00 de la mañana, partiendo de la emblemática Lomita hacia la Catedral. Se invita a asistir vestidos de blanco. No es una consigna partidista, es un acto de dignidad colectiva. Es el reclamo legítimo de una sociedad que se niega a acostumbrarse a la violencia.
Por compromisos previamente contraídos, yo estaré fuera, en búsqueda de nuevas formas de participación ciudadana. Sin embargo, en espíritu, pensamiento y convicción, estaré marchando por la avenida Álvaro Obregón con un solo eco en la conciencia:
¡RICARDO MISAEL… PRESENTE!
