A estas alturas ya podemos concluir que la reforma electoral no será una calca del plan C, que tenía como propósito la destrucción del INE, la cancelación de los plurinominales y una drástica disminución del dinero para los partidos políticos.
Habrá una propuesta descafeinada, aunque seguramente buscarán áreas de oportunidad para debilitar a la democracia. No hay que engañarse, ese siempre fue el objetivo.
Esto no le va a gustar nada a López Obrador, ya que sabe el riesgo que enfrenta Morena en 2027, algo similar a lo que les ocurrió en 2021, cuando perdieron posiciones en la CDMX.
En ese momento se concluyó que la mala operación política fue la que propició esos resultados, y ahora ocurrió algo similar, pero en la mesa de negociaciones.
Desde que se perfilan pactos de gran calado, se tiende que reflexionar sobre la integración de los equipos que tendrán que hacer el trabajo arduo, la discusión del día a día para separar lo que estorba y concentrarse en lo que ayuda.
El meollo con el fracasado plan C, que ya se convertirá en D, es que eligió a quien no iba a dar buenos resultados, ni si la reforma hubiera sido la adecuada, que nunca lo fue.
Por ello, al que le cargarán las culpas será a Pablo Gómez, quien renunció a la Unidad de Inteligencia Financiera para encargarse, en cuerpo y alma, en tratar de convencer a los partidos Verde y PT de inmolarse con propuestas de las que no saldrían nada favorecidos.
Designar a Gómez para semejante tarea resultó un despropósito, porque sólo tiene ánimos de negociar cuándo se encuentra en minoría.
Las circunstancias lo colocaron en una posición de fuerza y desde ese pedestal arrancó los trabajos con la frase: “Vamos a usar nuestra mayoría”.
La mayoría era relativa, ya que tenía que sumar a los aliados de Morena, lo dio por hecho y se equivocó.
Aunque no lo haya pensado así, la presidenta Claudia Sheinbaum tiene la oportunidad de cargarle las tintas a Gómez y de que sea él quien vaya a Palenque a explicar los motivos del percance.
Es una forma de escabullir la derrota, de fintar, tratando de argumentar que habrá avances (que en democracia serían retrocesos) en la iniciativa, aunque no sea como los imaginaron hace unos meses.
El riesgo, sin embargo, sigue latente, al grado de que se esté creando una especie de Frankenstein electoral, igual de nocivo de lo que se venía planteando. Pronto sabremos.
