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Las tres degradaciones del populismo

En el capítulo anterior de Movimiento de Independencia sostuve que el populismo nace con una exigencia de justicia social. Bajo el símbolo del “pueblo” busca unir a quienes están —o se sienten— marginados. Pero cuando llega al poder, esa lógica se vuelve dominación. El “pueblo” populista, aunque es sólo una parte de la sociedad, se asume como la nación entera y se proclama el único sujeto moralmente legítimo para gobernar. Desde ahí justifica someter a quienes no son parte de su grupo. El líder o su movimiento dice encarnar al “pueblo” y se apropia de su supuesta superioridad moral. De ahí se desprenden tres degradaciones.

La primera, ampliamente conocida, es el desfiguramiento del republicanismo. Para gobernar sin límites, el populismo afirma que la soberanía del “pueblo”, encarnada en el líder o en su movimiento, no admite límites. Con ese argumento ataca el Estado de derecho, la división de poderes, la democracia representativa y, a menudo, el conocimiento y la ciencia. Se coloca por encima de la ley. Es Perón al poner el “espíritu de justicia” sobre el Poder Judicial; López Obrador al afirmar que la autoridad moral está por encima de la ley, o Trump al citar a Napoleón: quien salva a su país no viola ninguna ley. Combate contrapesos: si no controla el Parlamento, gobierna por decreto; captura al Poder Judicial. Choca con la ciencia, degrada la educación y ataca universidades. Así asfixia la vida independiente.

La segunda degradación, menos visible pero igual de grave, es la alianza con los poderes fácticos. Al erosionar las instituciones republicanas, como advirtió O’Donnell, la fuerza populista sólo encuentra límites en los grandes grupos de poder. Por ello, termina pactando con las oligarquías que decía combatir. El intercambio es simple: los poderes fácticos reconocen la supremacía del líder y su movimiento a cambio de capturar las instituciones que regulan sus intereses. Así los monopolios desmontan la competencia económica, los líderes sindicales colonizan la educación, los caciques consolidan sus feudos y los criminales dominan sus “plazas”. El resultado es una combinación letal para la vida independiente de las personas y las naciones: gobierno sin controles republicanos, montado sobre un Estado debilitado y capturado por intereses particulares.

La tercera degradación, como resultado de las dos anteriores, es el colapso económico. El populismo suele iniciar con políticas de redistribución del ingreso, pero su propia dinámica las sepulta. El desarrollo económico necesita certidumbre. La arbitrariedad siembra incertidumbre: la inversión se detiene, el empleo cae, la infraestructura se deteriora y la precariedad avanza. Con un Estado débil, el daño crece: menos competencia económica, peor educación, menos innovación y mercados locales estrangulados. Sin crecimiento, se cierran oportunidades, se revierte la redistribución del ingreso y se contrae la vida independiente.

En suma, el populismo desfigura el republicanismo, debilita al Estado y colapsa la economía. El resultado es la asfixia de la vida independiente. El populismo se devora a sí mismo. Sin embargo, su fracaso no implica su final. Eso lo abordaré en el siguiente capítulo de Movimiento de Independencia.