En el escenario de los Grammy, en el medio tiempo de Super Bowl o en la calle, Benito se es símbolo de la lucha de los migrantes latinos contra Trump, en su propio idioma
En el escenario de los Grammy, en el medio tiempo de Super Bowl o en la calle, Benito se es símbolo de la lucha de los migrantes latinos contra Trump, en su propio idioma

La noche en que Bad Bunny ganó el Grammy al Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos, la industria musical estadounidense pareció saldar —al menos simbólicamente— una deuda histórica. Por primera vez, un álbum mayoritariamente en español recibió el máximo reconocimiento de la Academia de la Grabación.
Sin embargo, como advirtió Variety en su cobertura posterior, la victoria llegó en un momento profundamente contradictorio: mientras el arte latino era celebrado en el escenario, las comunidades que lo producen eran perseguidas en las calles por órdenes del presidente Donald Trump.
Bad Bunny, nacido Benito Antonio Martínez Ocasio en Puerto Rico, no cargaba únicamente una estatuilla cuando subió al escenario emocionado. Cargaba, como escribió Clayton Davis en Variety, “el peso de cada abuela que cruzó una frontera con poco más que esperanza, de cada padre detenido camino al trabajo, de cada niño que teme el sonido de un golpe en la puerta”. En ese instante, la música y la política dejaron de ser territorios separados.
Desde 2016, Bad Bunny ha reescrito las reglas de la música global. Ha dominado las listas de Spotify durante cuatro años, superado récords de ventas en Estados Unidos y alcanzado una estatura comparable —y en ocasiones superior— a la de figuras como Taylor Swift, Beyoncé o Kendrick Lamar. Pero su verdadero desafío no ha sido comercial, sino cultural: conquistar el centro del mainstream estadounidense sin renunciar al español.
Como ha señalado The Atlantic en diversos análisis sobre la latinización del pop, durante décadas la industria exigió a los artistas latinos traducirse, suavizar su identidad o diluir su acento para ser aceptados. Bad Bunny hizo lo contrario. Convirtió su idioma, su acento y su identidad caribeña en el eje de una propuesta global.
Su éxito desmiente una de las ideas más persistentes del nacionalismo cultural estadounidense de que lo “americano” solo puede expresarse en inglés.
Esa ruptura explica por qué su triunfo incomoda tanto como celebra.
La ceremonia de los Grammy se transformó, inevitablemente, en una plataforma política. Cuando Bad Bunny declaró: “ICE fuera. No somos salvajes. No somos animales. No somos alienígenas”, el puertorriqueño, por cierto americano de pasaporte, no estaba improvisando una consigna, estaba respondiendo a un clima de criminalización alentado desde la Casa Blanca.
La ironía fue brutal. La misma noche en que la institución más influyente de la música estadounidense validaba el español como lengua del máximo logro artístico, agentes de ICE ejecutaban agresivas redadas en barrios latinos.
Variety documentó esa contradicción con crudeza. “mientras se celebraba la diversidad en televisión nacional, familias eran separadas en silencio”.
En su segundo mandato, Donald Trump ha profundizado una política migratoria que ya no se limita a la frontera.
La persecución se ha desplazado al interior del país, al acento, al color de piel, a la apariencia. No se persigue únicamente al indocumentado, sino —como advierten analistas de The Atlantic— a “todo aquel que no encaje en la imagen racializada de lo estadounidense”.
El que domingo Bad Bunny sea la figura central del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, un evento acuñado en la cultura estadounidense hace 60 años, elevó la tensión cultural a otro nivel.
Sectores conservadores reaccionaron con furia, hicieron llamados al boicot, conciertos alternativos se organizaron para competir con el escenario central, campañas en redes sociales y discursos abiertamente xenófobos inundaron el espacio digital.
Pero al mismo tiempo la comunidad latina en territorio estadounidense, puertorriqueño, mexicanos, hondureños, migrantes sin documentos, la comunidad de espectáculo, de la música, se unieron para aprender español en tiempo récord y hasta organizaron concursos disfrazándose del cantante.
No se trataba solo de música. El Super Bowl es uno de los rituales cívicos más importantes de Estados Unidos, un escaparate de identidad nacional. Que ese escenario fuera ocupado por un artista latino, cantando en español, fue leído por ciertos sectores como una provocación política.
En realidad, es una constatación demográfica y cultural de que Estados Unidos ya no puede narrarse sin los latinos, por más que el trumpismo intente borrarlos.
Memoria, nostalgia y resistencia
Debí Tirar Más Fotos no es un álbum triunfalista. Es una obra atravesada por la nostalgia, la memoria y el dolor del desarraigo. Habla de Puerto Rico, de lo perdido, de la urgencia de recordar antes de que la historia sea borrada. En ese sentido, su victoria no es accidental, es coherente con su mensaje.
Al dedicar su premio a “todas las personas que tuvieron que dejar su tierra natal para perseguir sus sueños”, Bad Bunny se inscribió en una genealogía que incluye a Celia Cruz, Marc Anthony y a tantas figuras que pavimentaron el camino sin llegar a caminarlo plenamente. Como ha señalado The Atlantic, la cultura latina ha sido durante décadas consumida, apropiada y explotada, pero raramente reconocida en sus propios términos.
Cuando Bad Bunny dijo desde el escenario “Somos americanos”, no estaba pidiendo inclusión. Estaba afirmando pertenencia y claro se desbordaron los miles de estadounidenses desconocedores de Geografía afirmando que nacer en Puerto Rico no lo hace americano.
El triunfo de Bad Bunny es histórico, pero también agridulce. Demuestra que la cultura latina no solo pertenece a Estados Unidos, sino que lo define; y al mismo tiempo expone que ese reconocimiento simbólico no se traduce en derechos, seguridad ni dignidad para millones de personas.
"En la América de Trump, cantar en español, ocupar el centro del escenario y decir 'ICE fuera' no es solo arte. Es resistencia", en palabras de Variety.
Contacto