Algunos taquígrafos del morenato festinaron con alegría, como un segundo grito de independencia, la defenestración de un personaje menor, uno de esos de cuya existencia, hasta hace unos años, nadie sabía. Polvo eran y en polvo se convertirán.
Pero el resbalón analítico -producto de novatez, mentalidades caducas o deshonestidad intelectual- de ver en ese despido que “ahora sí, hay presidenta”, es surrealista. En la vida más allá de Starbucks las cosas son más difíciles o, como decía un viejo político de la posrevolución, “el poder es para dar resultados y si no hay resultados, no hay poder”.
Como lo sabe cualquiera que haya hecho política, los presidentes hacen cambios todo el tiempo obedeciendo a distintas lógicas, coyunturas o necesidades. Es lo normal. Y con el tiempo van aprendiendo que quitar a uno para poner a otro algo ayuda, pero está lejísimos de solucionar problemas estructurales o complejos como lo son prácticamente todos en la actualidad, desde el estancamiento económico hasta el cambio climático. Si el arte de gobernar se condensara en reunir un coro de ángeles, cualquiera lo haría.
Ahora echaron ciertamente a un tipo, pero como Morena es un grupúsculo ingobernable de facciones, ambiciones, complicidades y traiciones, esa destitución ¿resuelve el magma envenenado de los intereses de la delincuencia organizada, la contaminación en las Fuerzas Armadas o el virreinato de los gobernadores? Veamos.
Según la consultora Lantia, hay en México más de 440 grupos criminales de distinta organización, naturaleza y peso, que han adquirido cada vez mayor sofisticación logística y financiera y que, con independencia de su tamaño, al parecer operan en 75 por ciento del territorio, aunque el Congressional Research Service de Estados Unidos calcula que se mueven en poco menos de 40 por ciento. ¿Habrán despertado aterrados al enterarse de la caída de un senador? ¿Dejarán de traficar, matar, extorsionar o lavar, temerosos del manotazo de Palacio? Dios es grande, pero dudo que le alcance para esto.
Segundo frente: las Fuerzas Armadas. En México hay 46 zonas militares agrupadas en 12 regiones más 18 bases aéreas y cuatro regiones aéreas militares; incluida la Guardia Nacional suman más de 400 mil efectivos, a lo cual hay que sumar 18 zonas navales con unos 95 mil marinos.
Por más que se diga otra cosa, ese colectivo formado por oficiales, jefes, generales, almirantes o capitanes no obedece a cabalidad al poder civil sino a su cadena de mando, a su propia jerarquía, a su cerrado sistema de justicia, y como algunos segmentos de esos cuerpos están posiblemente coludidos con la delincuencia o con negocios ilícitos (¿recuerdan a los sobrinos del almirante?) protegen sus propios intereses y no su deber de obediencia. Creer que la presidencia ejerce sobre los intestinos de esos cuerpos un control real y absoluto no es un error sino una estupidez.
Y el último universo son los gobernadores. Desde 2000, ante la evaporación del peso presidencial, convirtieron sus territorios en una colección de principados donde ellos mandan casi de cabo a rabo y ahora calcan el estilo autocrático del morenato. Controlan las finanzas públicas; operan negocios, licitaciones y adquisiciones; nombran juzgadores; compran diputados y medios locales, y se corrompen a más no poder.
Son 32 mandarines de todos los colores cuyas lealtades no están con la presidenta ni con sus partidos ni mucho menos con la ley, sino única y exclusivamente con su propio blindaje físico, patrimonial y jurídico. ¿Ahora cambiarán, salvíficos, sus prácticas y usos?
Y lo más importante: con la caída de adanes, monreales, nahles, laydas o los que sigan ¿crecerá la economía, mejorará la educación, la salud y el imperio de la ley, terminará el crimen, y la Casa Blanca se convertirá en el nuevo Vaticano?
Por favor, avisen cuando dejen de reírse.
