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El populismo como dominación

En Movimiento de Independencia he sostenido que la disputa de nuestro tiempo es entre independencia y dominación. El liberalismo busca que cada persona sea independiente para construir su vida en libertad. El populismo aspira a dominar a la sociedad.

Para comprender por qué el fin último del populismo es la dominación, hay que desnudarlo: apartar sus máscaras y mirar, sin filtros, su lógica.

El populismo es una estrategia política —un estilo de hacer política, diría Alan Knight— con tres rasgos. Primero, construye, como explica Ernesto Laclau, la idea del “pueblo” como identidad de quienes están o se sienten marginados. Segundo, divide a la sociedad en dos campos: “pueblo” y “enemigos del pueblo”. Tercero, se articula en torno a un líder —que puede devenir en movimiento— que concentra la emoción colectiva y encabeza la confrontación contra sus supuestos enemigos.

Se alimenta de la desigualdad y la marginación. Por eso, desde que las sociedades se jerarquizan, es consustancial a la política. Como muestra Knight, históricamente es una constante de la modernidad que se exacerba cuando se paraliza la movilidad social.

Cuando el populismo llega al poder, la justicia social se trueca en dominación. El “pueblo” populista —sólo una parte de la sociedad— se asume como la totalidad: el “pueblo” es su grupo, no somos todos. En palabras de Laclau, la parte se presenta como el todo.

Desde esa premisa, se consideran el único grupo legítimo para gobernar. Quienes quedan fuera valen menos: no son iguales y deben ser confrontados. Esta visión bipolar quiebra la idea fundacional del liberalismo —todos somos libres e iguales— y explica por qué rehúyen el diálogo: a la oposición le niegan legitimidad y sólo le conceden obediencia.

De esa superioridad moral se deriva otra consecuencia: la soberanía del “pueblo” populista no admite límites. Su palabra es la ley. De ahí la ofensiva contra las instituciones republicanas. El Estado de derecho, la división de poderes y el conocimiento limitan su poder soberano. Por eso atacan a jueces, debilitan escuelas y embisten contra universidades que no se someten a su dominio.

Finalmente, el líder —o el movimiento en su ausencia— se erige en el único representante legítimo del “pueblo”. No sólo lo representa: lo encarna. Así absorbe sus atributos: superioridad moral y soberanía sin límites. El líder es pueblo, ley y justicia; incluso ciencia o fe. Por eso se coloca por encima de la ley, acepta sólo el límite de su conciencia y disputa la evidencia científica.

Por estas razones, el populismo habita la frontera entre democracia y autoritarismo. Cuando captura las instituciones electorales, cruza esa línea y deviene autoritario. Si no la cruza, se asemeja a la “democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell: al ganar elecciones gobierna a su arbitrio, limitado sólo por poderes fácticos. Es un gobierno electo que desfigura el republicanismo; o, en palabras de Jesús Silva-Herzog Márquez, una autocracia popular. La promesa de justicia social concluye en dominación: asfixia la vida independiente y genera precariedad económica, como veremos en la siguiente entrega de Movimiento de Independencia.