El segundo mandato de Donald Trump ha establecido el miedo y la persecución de los migrantes como política pública
El segundo mandato de Donald Trump ha establecido el miedo y la persecución de los migrantes como política pública

Por décadas, la migración mexicana hacia Estados Unidos ha sido una válvula económica y social, una estructura informal de bienestar que sostiene comunidades enteras al sur del Río Bravo. Pero en el segundo mandato de Donald Trump, esa arquitectura invisible ha comenzado a resquebrajarse bajo una política que no se limita a expulsar migrantes, sino que busca hacer invivible su existencia.
No se trata sólo de deportaciones. Se trata de algo más profundo, más difícil de medir y más devastador: el miedo como política pública.
Uno de los fenómenos más difíciles de cuantificar en el nuevo ciclo migratorio es la autodeportación. Migrantes que regresan a México sin ser detenidos, sin aparecer en registros oficiales, sin generar estadísticas. Se van por miedo.
“Estuve 9 años yendo y viniendo y era de forma legal, porque mi patrón pagaba por mi traslado y mi visa, trabajaba semanas enteras sin descansar, pero con todo ese tiempo pude hacer la casa para mis hijos, solo que el año pasado de plano decidí no volver más, las redadas en toda la parte de Utah donde yo chambeaba comenzaron a ser más fuertes, te agarraban en la cosecha y te quedabas sin nada. Preferí regresar y ya no volver”, cuenta a La Aurora de México, Roberto Trejo un migrante que ya se estableció de nuevo en San Vicente, comunidad de Apaseo el Alto, Guanajuato.
El Pew Research Center estimó que 1.4 millones de inmigrantes abandonaron Estados Unidos en la primera mitad de 2025, una reducción histórica de la población migrante.
El New York Times, citando documentos judiciales, habló de apenas 40 mil personas usando programas formales de autodeportación. La cifra real, probablemente, está en un punto intermedio convirtiéndose en un éxodo invisible.
El gobierno de Trump presume cifras: hasta dos millones de personas habrían optado por la “auto-deportación”. Sin embargo, no existe un desglose oficial verificable.
El migrante deja de circular, deja de producir, deja de enviar dinero. Vive escondido.
“Aún antes de que volviera a quedar Trump nosotros estábamos escondidos todo el tiempo y tenía mi pasaporte y mi visa, pero la mayoría ni a los bailes acudíamos porque sabías que podía haber redadas”, revela Roberto quien nunca quiso mandar por su esposa Leslie ni sus hijos Mateo y Luis.
El miedo se traduce en menos horas laborales, en menos movilidad entre ciudades, en menos transferencias. La política migratoria ha convertido la vida cotidiana en una operación de riesgo permanente, reporta el Centro de Estudios de la Frontera Norte.
El sistema de castigos acumulativos
En paralelo, el gobierno intensificó las deportaciones: el New York Times estima al menos 500 mil deportados en el primer año del segundo mandato; la administración Trump presume 622 mil.
El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (en inglés: United States Immigration and Customs Enforcemen ICE) triplicó los arrestos en 2025 respecto al año previo, con más de 307 mil detenciones.
Sumando la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) y el ICE, 365 mil personas fueron detenidas con miras a expulsión y la mitad de los detenidos no tenía antecedentes criminales.
La frontera, paradójicamente, se volvió secundaria. Las redadas se trasladaron al interior, ya sea en autolavados, estacionamientos de Home Depot, vendedores ambulantes, barrios latinos. Agentes enmascarados, sin identificaciones visibles, irrumpiendo en espacios cotidianos. La política migratoria se volvió una política de terror cotidiano.
Pero el impacto más grave no es económico. Es sanitario.
En 2025 el gobierno recortó beneficios de salud para familias inmigrantes. A esto se sumó un discurso antinmigrante que convirtió hospitales y clínicas en espacios percibidos como peligrosos. En comunidades migrantes, organizaciones médicas han documentado desde hace años que el temor a la deportación reduce el uso de servicios de salud preventiva. En el contexto actual, ese fenómeno se ha profundizado.
Migrantes con enfermedades crónicas evitan hospitales. Mujeres embarazadas retrasan controles prenatales. Trabajadores lesionados prefieren no acudir a urgencias. El miedo se traduce en diagnósticos tardíos, en enfermedades sin tratamiento, en muertes silenciosas que no figuran en los boletines migratorios.
El miedo no sólo enferma: mata lentamente, en estadísticas invisibles.
Redadas, desapariciones y detención sin rostro
La ofensiva migratoria no se limita a cifras. Human Rights Watch documentó redadas con uso excesivo de fuerza, agentes enmascarados y criterios raciales en detenciones. Organizaciones reportan separación de familias, detenciones sin información sobre paradero y condiciones de custodia cada vez más letales.
En enero de 2026, Estados Unidos alcanzó un récord de casi 69 mil personas detenidas en centros migratorios. Al menos la mitad sin cargos criminales. La narrativa oficial insiste en criminalidad; los datos muestran otra cosa.
ICE aumentará su fuerza de 10 mil a 22 mil agentes en 2026. La política no se está moderando, se está institucionalizando.
La frontera cerrada, el interior sitiado
Trump presume haber “cerrado la frontera”. Las detenciones en la frontera sur cayeron 89 por ciento entre 2024 y 2025. Pero esa caída no significa menos persecución: significa desplazamiento de la violencia al interior del país.
La migración mexicana ya venía a la baja desde 2024, lo que explica que las deportaciones formales también disminuyeran. Pero la paradoja es que menos migración no implicó menos castigo. Implicó castigo concentrado en quienes ya estaban dentro.
La migración dejó de ser un fenómeno de frontera para convertirse en un fenómeno de cacería urbana.
"Yo al gabacho no vuelvo mientras ese señor esté en el gobierno, no se puede trabajar, no se puede vivir, no puede uno ni ir al doctor, yo me quedo en México", remata Roberto, ahora albañil en su rancho guanajuatense.
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