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La encrucijada

Las crecientes tensiones internacionales han dejado al descubierto la frágil autoridad de la ONU. No es ningún secreto que los enfrentamientos internacionales han dejado de resolverse a través de los mecanismos institucionales diseñados para ello (si alguna vez lo hicieron).

La arquitectura de gobernanza global y su máximo órgano atraviesan una crisis de legitimidad, afincada en su incapacidad de resolver conflictos, trascendentales y menores. Tal vez nació viciada por el derecho al veto que tienen los miembros del Consejo de Seguridad, o su funcionamiento se estancó por las rivalidades de las grandes potencias.

Para algunos, esta institución se ha convertido en otro espectador ante el caótico panorama internacional.

Frente a la incertidumbre, los actores internacionales, respaldados por su influencia política, económica y militar, han decidido intervenir, lejos del marco jurídico, para detener estos conflictos, dejando en evidencia la torpeza de las Naciones Unidas para cumplir su tarea más básica: conservar la paz. Por eso, una gran parte de la población, sobre todo jóvenes, se pregunta; ¿sirve?

La comunidad internacional y sus líderes también se lo cuestionan, y se encuentran en una encrucijada. Por un lado, existe la corriente que argumenta que el mundo de 2026 exige ser gobernado por reglas distintas, que reflejen las dinámicas modernas. Por el otro, y ante el riesgo del vacío de poder y el retorno a un mundo de hostilidades que ello representaría, el argumento defensor del modelo actual como “el menor de los males”.

En la opinión de este columnista, plantearse la posibilidad de un modelo alterno es legítimo, pero, más allá de cuestionarnos si este sistema y sus mecanismos de resolución son efectivos, o simplemente una reliquia decorativa, hay que procurar las formas.

El método para alcanzar un nuevo sistema no debe ser la ley del más fuerte. No se puede construir un orden global que busque la paz a base de intimidación, coerción, o, peor aún, mediante la normalización de la guerra como herramienta de política exterior. Ya no vivimos en ese mundo.

Revisitar el modelo no es sinónimo de regresión, más bien debería abordarse como una evolución natural tras el desgaste, y que continúe respetando los principios del diálogo, la cooperación y el derecho internacional.

De cualquier modo, todo indica que la reconfiguración global ya está en marcha, y esto representa una ventana de oportunidad histórica para que las potencias medias sean parte de quienes reescriban las reglas, y México no la debería desaprovechar.

En décadas pasadas, nuestro país fue un referente de mediación y diplomacia, claro está en los éxitos del Grupo de los 77 o la gestión del Tratado de Tlatelolco. Hoy, la coyuntura política ofrece un panorama sólido para que México recupere su voz como puente entre el norte y el sur global. La relación entre los presidentes de México y Estados Unidos, cordial y tolerante, podría ser el catalizador.

Si el sistema internacional va a cambiar, México debe capitalizar su peso demográfico, económico y la tradición diplomática para dejar de ser un espectador y procurar una estructura coherente. Porque, como advirtió el primer ministro de Canadá, Mark Carney, “quienes no están en la mesa, están en el menú”.