...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

Aunque sea un sábado

Uno cree que la adultez llega cuando empiezas a pagar impuestos. No. Llega el día que te emocionas porque el sábado no tienes planes.

El hombre fácil vive ahí: en la alegría silenciosa de no hacer nada y en la culpa inmediata por disfrutarlo tanto. Desayuna sin prisa, revisa el teléfono sin interés real y confirma que el mundo sigue girando sin necesitarlo. Extrañamente, eso da paz.

A los cuarenta ya no buscas aventuras; buscas que nada salga mal. Un restaurante que no falle. Un trayecto sin tráfico. Un cuerpo que no se queje al levantarse. La expectativa baja, la gratitud sube. Evolución emocional, le dicen. Resignación elegante, podría llamarse también.

El cuerpo empieza a contar chistes malos. Cruje, truena, se cansa sin explicación. Uno ya no presume desvelos sino análisis clínicos. El verdadero tema de conversación ya no es qué hiciste anoche, sino con quién te revisas la espalda.

El hombre fácil no arma conflictos. En reuniones escucha más de lo que habla. No porque esté de acuerdo, sino porque aprendió que discutir agota y casi nunca cambia nada. Callar se vuelve una habilidad social.

La vida, vista desde fuera, funciona. Trabajo estable. Rutinas claras. Ciertas comodidades. Desde dentro, a veces se siente como una sucesión de días correctos. No malos. No memorables. Correctos.

Y eso tiene algo peligroso: cuando todo está bien, nadie te pregunta nada. Ni siquiera tú. Sigues avanzando, cumpliendo, resolviendo, con la vaga sensación de que en algún punto dejaste de sorprenderte, pero sin saber bien cuándo.

La difícil vida de un hombre fácil no pide compasión. Pide atención. Porque crecer no siempre duele: a veces simplemente se vuelve costumbre. Y ahí, justo ahí, es donde vale la pena detenerse un segundo. Aunque sea un sábado.