Millones de mexicanos que le dieron el beneficio de la duda a Claudia Sheinbaum hoy estarán preguntándose si en realidad es cierto lo que ven o se trata de una pesadilla de tanto oír noticias de Venezuela.
Sus razones tenían los que abrigaban esperanzas de que una universitaria educada en buenas universidades de México y el extranjero llevaría al país por una senda distinta a la de su oscuro y desequilibrado antecesor.
Que, como científica, escucharía todas las voces representativas para tomar las decisiones correctas.
Que ampliaría el papel de la sociedad en la vigilancia del gobierno para que funcione mejor.
Que impulsaría el crecimiento económico y gastaría con auténtico sentido social.
Los hechos indican que Claudia Sheinbaum Pardo no es como la idealizaron en sus mentes.
Es la promotora de la llamada “Ley Maduro”, que consiste (hasta donde han enseñado) en una fórmula diseñada para dar a Morena el monopolio de hacer leyes y cambiar la Constitución.
Así, con 54 por ciento de los votos que alcanzaron Morena-PT-Verde en la elección de 2024, la nueva fórmula les daría un aproximado de 84 por ciento de las curules en la Cámara de Diputados y 71 por ciento en el Senado.
¿Para qué se hace esta reforma electoral?
Para eternizar a Morena en el poder mediante el control del arbitraje electoral y del acceso a las cámaras legislativas.
En México las reformas electorales se han hecho para dar vigor a los derrotados, y ahora es para sepultarlos (hablamos de 46 por ciento de la población).
Totalitarismo, se llama.
La presidenta no desea llegar a acuerdos con los que piensan diferente y armonizar entre contrarios.
Ella no es una persona de diálogo y ni de consensos.
Quiere estar en la boleta en la elección federal del próximo año, lo que hará aún más inequitativos los comicios.
Así es ella. No es como quisiéramos que fuese.
Claudia Sheinbaum promovió y promulgó una reforma judicial para dar a su partido el monopolio de la impartición de justicia.
La reforma se aprobó en el Senado con la compra del voto de un senador panista al que le pagaron con impunidad, y la extorsión a un senador de Movimiento Ciudadano.
Eso también es Claudia Sheinbaum. La que da carta blanca a Adán Augusto para comprar un voto y extorsionar a otro senador con la detención de su padre.
Presume, con aplomo, que el cambio del sistema judicial lo decidió el pueblo y es el más profundo que se ha dado en el mundo (2 de diciembre)… pero sólo votó el 11 por ciento del padrón.
Y el voto no fue libre, sino inducido con una lista de los candidatos por los que había que votar.
La presidenta logró su objetivo, apoyada en una pantomima: capturó el Poder Judicial.
Sin seguridad jurídica no hay inversión nueva. Sin inversión no hay empleos: 2025 fue el peor año (salvo el de la pandemia) en creación de empleos formales. Apenas 75 mil.
En el sexenio previo a AMLO, los “neoliberales” crearon más de cuatro millones de empleos registrados en el IMSS.
Durante el año pasado el crecimiento económico promedio en el mundo fue de 3.3 por ciento. En México crecimos sólo 0.4 por ciento.
¿Por qué no crecemos?
¿Por qué la caída brutal del crecimiento del empleo?
Porque la presidenta lleva una hoja de ruta directa al totalitarismo.
Ella impulsó el golpe más fuerte (y peligroso) que se ha dado, en décadas, a la propiedad privada.
Con la Ley General de Aguas se pierde el derecho al uso del agua si un terreno agrícola cambia de propietario. (Quedan 150 días para evitarlo, en las disposiciones reglamentarias).
El argumento presidencial es que el agua pertenece a la nación.
Sí, y también la tierra es de la nación.
El camino y el destino no lo ve quien no quiere ver.
Así es la presidenta, no como quisiéramos que fuese.
