En mi artículo anterior sostuve que existe una disputa vital entre el liberalismo y el populismo. El liberalismo busca que cada persona tenga autonomía para desarrollar su proyecto de vida en libertad. El populismo, en cambio, pretende establecer la hegemonía de su grupo político —al que denomina “pueblo”— para dominar, bajo un supuesto de superioridad moral, al resto de la sociedad. El choque se condensa en una lucha fundamental: vida independiente contra dominación.
Cuando estas concepciones se traducen en el ejercicio del poder, el liberalismo encarna en un gobierno republicano sostenido sobre cuatro pilares. Primero, Estado de derecho: limita la arbitrariedad y protege los derechos que hacen posible una vida libre.
Segundo, división de poderes: los republicanos ingleses del siglo XVII sostenían que el secreto de la libertad reside en dividir y equilibrar el poder. Cuando este se concentra —en uno, en pocos o en muchos, advirtió Madison— surge la tiranía. Sólo el poder limita al poder, como célebremente sentenció Montesquieu. Balancear y no unificar el poder es la máxima republicana.
Tercero, democracia plural: la libertad se preserva mediante la participación ciudadana, hoy ejercida a través del voto. Se eligen representantes que reflejan la pluralidad social y existen elecciones periódicas para sustituirlos. Pero hay un límite infranqueable: ninguna mayoría puede suprimir los derechos que nos hacen igualmente libres.
Cuarto, educación de calidad: motivar en cada persona el desarrollo de la propia razón es la semilla de la vida independiente.
Por su parte, para que la dominación del “pueblo” eche raíces, el populismo —como advierte Nadia Urbinati— desfigura el republicanismo. Ni el Estado de derecho ni la división de poderes pueden limitar la hegemonía del “pueblo”: su palabra es la ley.
La representación ya no refleja la pluralidad social; es el líder o el movimiento quienes la ejercen: “el pueblo soy yo”. Las elecciones siguen siendo centrales, pero su lógica deja de ser representativa para volverse plebiscitaria. No expresan diversidad; ratifican la supuesta comunión entre líder, movimiento y “pueblo”.
La educación abandona la formación de personas autónomas y se orienta al adoctrinamiento.
El liberalismo se ancla en el poder de las instituciones, no en el de las personas. Busca impedir la dominación de un caudillo, de una oligarquía o de la mayoría, para asegurar la vida independiente.
El populismo, por el contrario, se funda en el personalismo. Al carecer de límites efectivos, su lógica es la dominación: primero sobre su sociedad y luego, si concentra suficiente poder, más allá de sus fronteras. Esta vocación por la dominación lo conecta, directamente, con el imperialismo.
El liberalismo también enfrenta tensiones propias: desde ideas contrapuestas de la libertad hasta la brecha entre su principio fundacional —todos somos libres e iguales— y las desigualdades estructurales que cruzan a las sociedades contemporáneas.
En los siguientes capítulos abordaré la dominación como corazón del populismo y su conexión con el imperialismo. Después analizaré las tensiones no resueltas del liberalismo y, finalmente, delinearé una agenda para el liberalismo del siglo XXI.
Ya asoma La Aurora: continúa Movimiento de Independencia.
