Pertenezco a la Generación Z (1997-2012): esa que vino con un teléfono en la mano, se comunica a través de redes sociales y que nunca ha visto al mundo cambiar. Nacimos en un mundo que tenía a la ONU como estandarte. Crecimos con los derechos humanos integrados a nuestro disco duro. Y a través de la tecnología, estamos enterados de lo que sucede del otro lado del mundo en tiempo real.
También somos una generación sumamente polarizada. No en los términos clásicos de izquierda vs derecha o capitalismo vs comunismo. Sino entre quienes rechazan las políticas públicas y movimientos progresistas, porque consideran que han llegado demasiado lejos y quieren imponer lo políticamente correcto, y quienes piensan que el reconocimiento de los derechos de esos grupos es necesario y justo.
Esta confrontación se ha acrecentado a través de las redes sociales (X, Instagram y TikTok, principalmente). Al haber plataformas para pregonar todas las voces y posturas, las ideologías de ambos extremos localizan fácilmente a su público simpatizante.
Así, el debate pasa de un foro digital a la acción política a través de partidos como Fratelli d’Italia, Rassamblement Nacional, en Francia; la AfD, en Alemania, o MAGA en Estados Unidos, en quienes un gran porcentaje de jóvenes han encontrado en discursos la respuesta para enfrentar al “wokismo”. Por el contrario, sus antípodas como el Nouveau Front Populare o las ideologías denominadas “woke” surgieron para hacer frente a una “derecha” que perciben como amenaza. Por último, quienes no se identifican con ninguno de los bandos, para no enfrascarse en un diálogo de sordos, suelen abstenerse y aunque no lo sean, parecen apolíticos.
La pasión por defender las convicciones no es novedosa. Todas las generaciones buscan ser disruptivas y en algún momento se pensaron revolucionarias. A diferencia de los que lo fueron en los 30, en los 60 o a finales de los 80, los actos de rebeldía y el espíritu revolucionario de la Generación Z, todavía no han logrado cambiar al mundo.
Nuestras trincheras opositoras están pobladas por personas que nunca han visto las consecuencias de los extremismos que secundan. Tal vez nos es fácil apoyar a la disrupción porque el “orden mundial” nos puede parecer algo inerte. La Guerra Fría para nosotros es simplemente un periodo histórico más. Aprendimos de la caída del muro de Berlín de la misma manera que aprendimos sobre la caída de Constantinopla.
Quizás por eso no vemos el riesgo de vivir en un mundo de “hombres fuertes”, en lugar de uno de acuerdos e instituciones internacionales. Al abrazar aquellos liderazgos y movimientos que buscan el reordenamiento mundial, mi generación está, quizás inconscientemente, apoyando el fin de una era.
Los recientes acontecimientos como la captura de Nicolás Maduro, han roto todo paradigma establecido para salvaguardar la estabilidad global. Ante esto, me pregunto: ¿estamos listos para vivir en el mundo que resulte de esa disrupción sistémica, aunque las reglas que hicieron posible que mi generación creciera sin vivir guerras ni crisis mundiales, dejen de existir?
