Después de la extracción quirúrgica del presidente venezolano Nicolás Maduro, llevada a cabo el 3 de enero pasado a manos de tropas de élite estadounidenses, a un costo mínimo, todo parece posible: la anexión de Groenlandia, la caída inducida desde el exterior de la siniestra teocracia iraní; un ataque sorpresa contra Cuba, o incluso una intervención armada en México. Ante la contundencia del operativo, el lenguaraz presidente colombiano, Gustavo Petro, dobló las manos sin chistar y llegó a un modus vivendi con su homólogo, Donald Trump.
Con evidente desprecio del derecho internacional y de las reglas que normaron el concierto de las naciones después de la Segunda Guerra Mundial, el destino del mundo parece ahora sometido al arbitrio de una figura mercurial y pendenciera, pero, aparentemente, omnipotente. A estas alturas y visto lo visto, sus designios ya no parecen meras baladronadas o fanfarronerías, respaldados, como están, por el poderío estadounidense sin parangón en los ámbitos económico, militar, científico, tecnológico y comercial. Un nuevo momento unipolar parece estar emergiendo. Sin contrapeso alguno.
La Rusia de Putin luce como un gigante con pies de barro, después de casi cuatro años de guerra empantanada contra Ucrania y con un PIB equivalente al de España, muy lejos de ser la gran potencia que alardea ser. La Unión Europea, divida en 27 países con voluntades discordantes, tampoco parece ser el contrapeso que pudiera enfrentar eficazmente la amenaza perdularia por parte del nuevo Estado canalla norteamericano. Ni siquiera China parece un competidor viable. Muchos analistas se cuestionan que todavía haya alcanzado plenamente el estatus de superpotencia. Naciones Unidas está en quiebra en términos de legitimidad. El hecho de que las potencias derrotadas del 45, Alemania y Japón estén abrazando sin complejos el rearme agudiza aun más la incertidumbre
Dentro de ese nuevo caos emergente no hay medias tintas para los países débiles: o se está con Estados Unidos o se está en su contra. Con cerca de 80% de las exportaciones mexicanas destinadas al mercado estadounidense y con casi 40% de la inversión extranjera directa proveniente de ese país, México parece tener escaso o nulo margen de maniobra. Los desplantes nacionalistas sin sustento no tienen sentido, más allá de la verborrea y de la afectada teatralidad. Para nuestro país sonó la hora del pragmatismo y la prudencia.
Con todo, la desvergonzada hegemonía norteamericana tiene sus límites, internos y externos. Dentro del propio Estados Unidos cabe esperar que surja una resistencia al asalto a la democracia que está ocurriendo en ese país ante los ojos del mundo. La indignación masiva que provocó la muerte de una ciudadana estadounidense en Minneapolis a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas podría ser el inicio de ello. En el exterior esa ambición también habrá de enfrentar oposición. El exministro de Defensa neerlandés advirtió que la anexión de Groenlandia podría costarle a Estados Unidos sus bases militares en Europa. Las represalias económicas que tanto Europa como China podría infligir a empresas norteamericanas son también considerables.
