La crisis de Marina del Pilar Ávila Olmeda dejó de ser un problema de comunicación hace meses. Hoy es un problema de credibilidad. Y en política pocas cosas son más difíciles de recuperar.
Todo comenzó con el retiro de su visa estadounidense. Para cualquier gobernador sería un asunto delicado. Para la gobernadora de Baja California, un estado cuya vida económica, social y política cruza todos los días la frontera, era un golpe de enorme dimensión. No era un trámite menor ni una molestia administrativa. Era una señal política grave que inevitablemente generó dudas dentro y fuera del estado.
La reacción oficial tampoco ayudó. Vinieron explicaciones incompletas, versiones cambiantes y frases cuidadosamente construidas para no decir demasiado. La narrativa intentó presentar un asunto extraordinario como un simple malentendido. El problema nunca fue solamente la visa. El problema fue la sospecha de que la verdad completa no estaba siendo contada.
Poco más de un año después apareció el audio publicado esta semana por Héctor de Mauleón. Y ahí el asunto volvió a crecer. En la conversación se habla de sanciones, cargos y abogados vinculados a temas criminales financieros. Eso coloca el caso en una dimensión muy distinta a la versión que durante más de un año intentó sostener la gobernadora.
Ya no suena a un trámite administrativo. Suena a una investigación seria. Y eso explica por qué el tema no se apagó, sino que regresó con más fuerza.
La consecuencia política ha sido evidente. Gobernar requiere autoridad. Pero la autoridad depende de la confianza. Y cuando la confianza se rompe, cada explicación parece una coartada, cada silencio parece cálculo y cada nuevo escándalo se interpreta como una confirmación.
A la crisis pública se sumó la crisis personal. El divorcio, los rumores, los conflictos internos y las inevitables traiciones de quienes se colgaron del poder mientras el poder parecía eterno. Así funciona la política. Mientras se reparten posiciones y oportunidades sobran leales. Cuando el poder se debilita, muchos descubren repentinamente su vocación por la distancia.
También pesan sus decisiones políticas. Su apoyo a Ismael Burgueño nació de su conflicto con Montserrat Caballero y de la necesidad de controlar políticamente Tijuana. Pero Burgueño ya parece volar solo. Lo que en su momento parecía una apuesta para fortalecer su influencia, hoy parece una ruta de emancipación política. Varios aliados con aspiraciones rumbo a 2027 ya no la observan como un activo que suma, sino como una carga que deben administrar con cuidado. Después del audio, esa carga pesa todavía más.
La confrontación con Jaime Bonilla merece capítulo aparte. Marina del Pilar dejó claro que su ofensiva jurídica contra el exgobernador estaba vinculada a la convicción de que Bonilla había influido ante autoridades norteamericanas para provocar el retiro de su visa. En lugar de reaccionar con prudencia y evitar convertir una crisis personal en una guerra política, decidió escalar el conflicto.
El resultado fue sujetar a proceso a un exgobernador en una causa legal que hasta ahora no parece tener demasiado futuro. Y cuando una batalla judicial nace bajo la sombra de una vendetta política, el problema deja de estar solamente en los tribunales. Termina contaminando la percepción pública de todo un gobierno.
Ahí Marina del Pilar no cerró una herida. La profundizó. Abrió una disputa cuyos costos probablemente la acompañarán incluso después de concluir su mandato. Porque Bonilla podrá tener muchos negativos, pero no es un adversario menor ni un actor que acostumbre olvidar agravios.
Lo lamentable es que Marina del Pilar llegó al poder con condiciones históricas excepcionales. Fue la primera mujer gobernadora de Baja California. Representaba una nueva generación política. Tenía mayoría legislativa, respaldo presidencial y una oposición debilitada.
Pero la historia política no recuerda expectativas. Recuerda resultados. Y hoy Baja California enfrenta más problemas de los que heredó. Gobernabilidad debilitada, inseguridad persistente, una economía que muestra señales de desgaste y una profunda desconfianza ciudadana hacia sus instituciones.
El presente se ve complejo. El futuro todavía más. Y en política, cuando se pierde la confianza, gobernar se vuelve prácticamente imposible.
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