Durante demasiado tiempo, digo siglos, nos hemos empeñado en entender la ética como un conjunto de valores a los cuales hay que ceñirse para hacer el bien, sea que se expresen como imperativos categóricos o como códigos de principios superiores. Sin embargo, ha mostrado su fracaso, pues no basta con cumplir un código -implícito o explícito- para hacer el bien. Esa forma de entender y practicar la ética tiene dos fracturas, por lo menos, con independencia de sus buenas intenciones.
La primera. No considera la fragilidad propia del ser humano y, en consecuencia, tampoco los contextos en que se desenvuelve la vida de las personas, por lo que resulta difícil comprender una determinada conducta. Se trata de la ética dominante en nuestros días. El fomento a la polarización social y política encuentra en ésta su principal herramienta de trabajo. Si tú no eres y haces como yo digo que deben ser las cosas (código), entonces debes ser marginado y excluido de la sociedad, o del grupo, o de la familia. Pensemos en la llamada “política de las identidades” que nos ha dividido en raza, clase y género, en progresistas y conservadores, en izquierdas y derechas, todos confrontados, adversarios, enemigos.
El segundo problema es más profundo. El origen y motivación de la conducta humana no tienen su origen en los valores. Se encuentra en la forma en que miramos a las personas. Si el otro es el enemigo que me amenaza, entonces considero legítimo combatirlo e incluso eliminarlo en cualquier momento de su existencia, siempre justificable son con una lista de valores “superiores”. Por ejemplo, considerar a los pequeños con síndrome de down como una amenaza ha provocado una batalla por su exterminio “antes de nacer”. Las justificaciones abundan y se enarbolan diversos valores que, al final, terminan en lo mismo. La persona no importa.
No estamos ante nada nuevo. A lo largo de la historia ha sido contante que, cada vez que un grupo social pretende dominar, excluir o destruir a otro, le regatea su condición de humanidad creando códigos éticos -implícitos o explícitos-, de la más diversa índole y grado de elaboración. La esclavitud, el tráfico de personas, la discriminación contra mujeres, homosexuales, enfermos, discapacitados y migrantes, el desprecio contra las madres buscadoras son algunos ejemplos conocidos.
Si observamos bien, el crimen organizado, la corrupción política, los crímenes contra la humanidad, los genocidios, así como la agresión cotidiana en las familias y en la calle encuentran en la ética de categóricos su más trágica expresión. El común denominador es su inagotable potencial para mirar a las personas como objetos al servicio del código (la causa) y así demeritar su valor como seres humanos hasta reducirles a objetos de uso, abuso y desecho. Una ética que ha pasado a formar parte muy importante de la cultura del descarte, como le llamó el papa Francisco, elaborada bajo racionalizaciones ideológicas o individuales o familiares que terminan por alimentar la confusión, la división, el desprecio y la agresión contra el prójimo. ¿Existe alguna alternativa?
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