Hay una pregunta que me acompaña cada vez que preparo una maleta: ¿voy como turista o voy como viajera?
Durante años pensé que ambas palabras significaban lo mismo, hoy estoy convencida de que no es así.
Como periodista de viajes y autora de esta columna en Destinos y Auroras, muchas veces recorro lugares que mis lectores desean conocer. Visito los sitios emblemáticos, fotografío los rincones más representativos y comparto esas experiencias que forman parte de la identidad de un destino. Sé que quien viaja por primera vez a una ciudad quiere ver aquello que la hizo famosa, quiere la postal, y eso también tiene valor.
Sin embargo, cuando el itinerario me lo permite, aparece la Marcela que más disfruto ser.
La que se pierde entre las calles, y regresa con su brújula intuitiva, la que se desvía del camino principal, la que platica con los habitantes y la que entra a mercados, conversa con artesanos, escucha historias y busca comprender qué hace latir el corazón de un lugar.

He descubierto que los destinos más memorables no siempre aparecen en las guías de viaje, aparece en los lugareños y en la mirada de alguien que ama profundamente la tierra donde nació.
Para mí la diferencia entre un turista y un viajero no está en el presupuesto, ni en el hotel, ni en la cantidad de sellos en el pasaporte, la diferencia está en la manera de mirar.

El turista observa, el viajero conecta.
El turista colecciona fotografías, el viajero colecciona historias.
Y son precisamente esas historias las que intento llevar a mis lectores cada vez que emprendo una nueva ruta.
Mi interés nunca ha sido únicamente mostrar lugares hermosos, mi verdadera pasión es descubrir aquello que los hace únicos, encontrar las entrañas de cada destino y revelar esa esencia que muchas veces permanece oculta detrás de los monumentos, los resorts o las recomendaciones más populares, para compartirla con ustedes.
Quizá por eso los viajes que más atesoro no son necesariamente los más espectaculares, sino aquellos que me permitieron regresar siendo una persona distinta, y sumando una nueva amistad que al paso del tiempo sé que nos volvemos a encontrar.
El verdadero viaje no ocurre cuando cambiamos de geografía, sino cuando algo dentro de nosotros cambia al entrar en contacto con ella y cuando eso sucede, dejamos de ser solo visitantes.
Nos convertimos en parte de la historia del lugar, y el lugar se convierte para siempre en parte de la nuestra.

¡Nos vemos en el próximo destino!
Recomendar Nota
