Pie de página
Un verso de René Char (en Rubor de los manantiales) dice:
El estado de ánimo del sol naciente es alegría a pesar del día cruel y el recuerdo de la noche. El matiz del coágulo se vuelve el rubor de la aurora.
El Capitán Alexandre, como fue conocido en sus años de acción política, condensó -dice Hannah Arendt en el prefacio de Entre el pasado y el futuro- la esencia de lo que cuatro años de Resistencia llegaron a significar para toda una generación de escritores y hombres de letras europeos. Arendt, de quien en este 2026 se cumplen 120 años de nacimiento, rescata uno de los aforismos más contundentes y dolorosos de Char, quien mantuvo una vehemente amistad con Martin Heidegger: “nuestra herencia no proviene de ningún testamento”.
La caída de Francia -añade la autora de La condición humana-, fue para ellos un acontecimiento completamente inesperado, había vaciado el escenario político de su país de la noche a la mañana para dejarlo poblado de fantochadas, de pícaros y tontos, y quienes nunca en realidad habían participado en los asuntos oficiales de la Tercera República se vieron absorbidos por la política con la fuerza del vacío.
Francia fue ocupada por las fuerzas del Nacionalsocialismo el 14 junio de 1940, el mismo día en el que René Char (1907) cumplió treinta y tres años. La presencia nazi en territorio francés duró hasta finales de 1944. Char -ferviente entusiasta de la libertad; había leído con asombro los desgarradores movimientos del corazón de Capital del dolor, de Paul Éluard, publicado justo hace un siglo- formó parte de aquella plantilla que “sin haberlo pensado antes y aún contra sus inclinaciones conscientes llegó a configurar a pesar suyo un ámbito público en el que -sin los elementos de la oficialidad y ocultos a los ojos de los amigos y enemigos- se hizo, de palabra y obra, todo lo que era importante en los asuntos del país”.
Arendt subraya que aquello no duró mucho. “Al cabo de unos pocos años se liberaron de lo que antes habían considerado una carga y volvieron a entregarse a lo que -en ese momento no lo sabían- era la irrelevancia ingrávida de sus cuestiones personales, una vez más separados del ‘mundo de la realidad’ por una épaisseur triste, opacidad triste, de una vida privada centrada sólo en sí misma”. La pensadora alemana recupera otra sentencia de Char, tan desgarradora y triste como aquella: si sobrevivo, sé que tendré que romper con el aroma de esos años esenciales, rechazar en silencio (no reprimir) mi tesoro.
Nueve años antes del nacimiento de Char, el 13 de enero de 1898, Emile Zola publicó en La Aurora -cuyo redactor jefe era Georges Clemenceau, futuro primer ministro, jefe de gobierno durante la Tercera República y representante de Francia en la Conferencia de Paz de París de 1919- una carta al presidente Felix Faure en defensa del capitán judío Alfred Dreyfus (la versión cinematográfica -El oficial y el espía, 2019- dirigida por Roman Polanski y Louis Garrel en el papel de Dreyfus es espectacular), acusado con mendicidad de ser espía alemán.
La célebre injuria motivó a Zola -quien había publicado en 1892 la novela La debacle en la que hizo una fuerte crítica a la estrategia del ejército francés en la guerra contra Prusia que terminó en la estrepitosa derrota y el final del Segundo Imperio de Napoléon III- a escribir el memorable Yo acuso -cuyo título, parece, fue sugerido por Clemenceau- con el que condenó la campaña “abominable” en contra del militar nacido en 1859 en la Alsacia francesa y después fue anexionada por las fuerzas prusianas tras la guerra en 1871. Dreyfus optó por la nacionalidad francesa después de la anexión; la elección siempre lo haría sospechoso entre las fuerzas militares de la República.
Como respuesta, el gobierno de Faure acusó -la redundancia es adrede- a Zola de difamación. Fue condenado a un año de prisión, y a pagar una multa de 7, 500 francos. Por si fuera poco, el escritor fue sentenciado por la opinión pública. La prensa aliada al poder -a la que Zola calificó como espíritu de maleficencia social- se encargó de “crear” un ambiente peligroso contra la integridad del autor de la carta; la difamación fue la menos dañina de las agresiones en cuya lista no faltaron las amenazas de muerte. Con la zozobra y la fragilidad empacadas en la valija, Zola se exilió en Londres, con unas cuantas palabras en inglés en la libreta de apuntes. Regresó a París en 1899, y murió en circunstancias sospechosas -a causa de una intoxicación por monóxido de carbono; el homicidio sigue siendo una hipótesis perdurable- en septiembre de 1902.
Hitler invadió Polonia -también en septiembre- en 1939. René Char fue destinado al frente como parte de un regimiento que defendería la Alsacia en la que había nacido Dreyfus. Había publicado varios libros de poemas; el primero, Las campanas sobre el corazón, en 1928. Gozaba de una buena amistad con su admirado Éluard, se había unido y separado de los surrealistas (“el surrealismo murió por la estúpida intolerancia de sus seguidores”, dijo años después del rompimiento con el grupo) que conducía André Breton y se había casado con Georgette Goldstein en 1932. Sus obras acompañaban trabajos de Kandiski, Picasso, Braque y Miró. Poco antes de la invasión nazi a Francia, Char había caído cautivado por el romanticismo alemán, en especial por los poemas de Hölderlin, cuyo efecto repercutiría no solamente en su obra poética; también en su idea del hombre, de la naturaleza y de la metafísica. Heidegger publicó en 1936 Höldelin y la esencia de la poesía, obra en la que asegura que: la esencia de la poesía que instaura el romántico es histórica en grado supremo porque anticipa un tiempo histórico.
¿En qué consistía el tesoro que Char cuidaba y rechazaba en la Resistencia, durante la cual no publicó ninguno de los poemas que escribió en aquellos cuatro años?
Hannah Arendt propone que -como los propios protagonistas lo entendieron- al parecer consistió, por decirlo así, en dos partes interrelacionadas: había descubierto que quien se unió a la Resistencia, se “encontróa sí mismo”, que había dejado de “buscarse a sí mismo”, sin habilidad, en medio de una insatisfacción desnuda.
Ya no se veía sospechoso de “insinceridad”, de ser “un actor de la vida capcioso, suspicaz”. Se podía permitir “ir desnudo”. En esa desnudez, despojado de toda máscara -de esas que la sociedad asigna a sus miembros y también de esas que el individuo fabrica para sí en sus reacciones sicológicas contra la sociedad.
Por primera vez -añade Arendt- en sus vidas lo visitaba una apariencia de libertad: no porque actuara contra la tiranía y cosas peores que la tiranía, sino porque se había convertido en retador, había asumido la iniciativa. Sin saberlo, ni advertirlo, comenzado a crear ese espacio público que mediaba entre él -y el resto de los resistentes- y el campo en donde podía aparecer la libertad. “En cada comida que compartimos, se invita a la libertad. La silla siempre está vacía, pero su lugar está asignado”, aseveró el mismo Char después de la ocupación.
La autora de La vida del espíritu advierte, sin embargo, que la biografía de la Resistencia -y de otras, como la húngara de Budapest, que tan bien ha sido narrada por Sandor Marai- se puede narrar como una especie de parábola, como el cuento de una edad de oro que aparece y desaparece de maneras abruptas, casi como espejismos. Para Char, como para muchos que lucharon contra la tiranía, hubo elementos que hicieron creer que aquel tesoro no fue una realidad, sino una ilusión óptica. Y lo confirma el hecho, dice, que el tesoro hasta hoy carece de nombre. En Estados Unidos, antes de Filadelfia 1776, se le intentó etiquetar como “felicidad pública”, con sus connotaciones de “virtud” y “gloria”. Parece más difícil asimilar el concepto francés “libertad pública”. En ambos casos el problema sigue siendo el adjetivo “público”.
Sea como sea -enfatiza Arendt- al decir que ningún testamento nos legó nuestra herencia, el poeta alude al anonimato del tesoro perdido.
“El testamento, cuando dice al heredero lo que le pertenecerá por derecho, entrega las posesiones del pasado a un futuro. Sin testamento o, para sortear la metáfora, sin tradición -que selecciona y denomina, que transmite y preserva, que indica dónde están los tesoros y cuál es su valor-, parece que no existe una continuidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro: sólo el cambio eterno del mundo”. La esencia histórica es la única esencia esencial, diría Heidegger.
La revelación poética de Char, como la llamó Maurice Blanchot, se reafirmó desde 1955 cuando entabló una larga serie de conversaciones con el autor de El ser y el tiempo para quien el lenguaje era la auténtica morada del ser. En Carta sobre Humanismo, publicada en 1947, Heidegger sostiene que “los pensadores y los poetas son guardianes de esa morada, su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en la que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian”.
René Char murió en 1988, un año antes del derrumbe del Muro de Berlín, de sus años de Resistencia sobrevive -entre escombros- un poema que congrega a La Aurora de Clemeceau, a Dreyfus, a Zola y la Resistencia:
La Libertad:
Vino por esta línea blanca que puede significar la salida del alba
o la palmatoria del crepúsculo.
Pasó los arenales maquinales; pasó las cimas destripadas.
Fin de la renunciación de rostro cobarde, la santidad de la mentira, el alcohol del verdugo.
Su verbo no fue un ciego ariete sino la tela donde se inscribió mi aliento.
Detrás de la ausencia, con pasos que no la extraviaron, cisne sobre la herida, vino por esta línea blanca.
