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El color del poder

En la antigua Roma vestir de púrpura te podía costar la vida. Hoy, en la Ciudad de México, el morado aparece en las bancas, murales, postes y espacios públicos. El color como una forma de marcar simbólicamente el territorio.

Los colores influyen en la manera en que percibimos a las personas y los espacios.

No solo tienen una connotación cultural; también afectan nuestro estado de ánimo.

El rojo estimula y activa, mientras que el verde suele asociarse con la calma y el equilibrio.

A principios del siglo XX se recomendaba el rosa para los niños, por su cercanía con el rojo y su asociación a la fuerza. El azul, en cambio, se consideraba más delicado y se reservaba para las niñas. Fue hasta los años 50 cuando la primera dama Mamie Eisenhower popularizó el rosa como símbolo de feminidad.

El morado combina la energía del rojo con la estabilidad que se asocia al azul. Por eso suele relacionarse con autoridad, solemnidad y ambición. No es un color que hable de cercanía. Transmite estatus. Históricamente ha sido el color de quienes aspiran a elevarse por encima del resto.

El color púrpura fue durante siglos uno de los tintes más costosos del mundo antiguo. Se obtenía del molusco murex y, en Roma, un kilo de este tinte podía costar lo mismo que una casa modesta. Por eso, su uso quedó reservado a emperadores, reyes y altos sacerdotes. Era todo un símbolo de jerarquía y poder.

En Roma, el emperador era el único que podía usar una toga púrpura. Se cuenta que Aureliano mandó a ejecutar a una mujer por adquirir ilegalmente una túnica púrpura, y que Calígula ordenó la muerte de un senador por usar más púrpura de la permitida.

Más que un color era una jerarquía de poder.

Por eso cuando el color invade los espacios públicos de la Ciudad de México, no es solo “pintar la ciudad”; es una forma de apropiación simbólica del territorio. El color funciona como una firma visual que recuerda, en cada esquina, quién gobierna.

Con el tiempo, el morado dejó de pertenecer exclusivamente a emperadores y monarcas. A principios del siglo XX, las mujeres que defendían el voto femenino lo adoptaron como emblema de dignidad y lucha política. Existe la creencia de que esto se relaciona con un incendio en una fábrica textil, donde murieron decenas de costureras que peleaban por sus derechos y el humo adquirió un tono violáceo por las telas que se quemaban.

La jefa de gobierno ha vinculado el uso del morado con el legado de las sufragistas.

Sin embargo, este color también ha sido uno de los códigos visuales más consistentes en la construcción de la imagen política de Clara Brugada. Al reproducirse en el espacio público, el color deja de ser decoración y se convierte en una firma.

En México, Morena convirtió el guinda en una marca política. Lo llevan en todo. Casi al extremo, porque muchos de sus integrantes visten de ese color.

“Cuando todos se visten igual, el mensaje es que todos piensan igual”.

Lo más llamativo en la Ciudad de México es que hemos presenciado en los últimos años el deterioro en muchos aspectos de la vida diaria. No se invierten suficientes recursos  en arreglar las vialidades ni en solucionar todos los problemas con los que convivimos y sobrevivimos a diario.

Pintar puede transformar la apariencia, pero no la realidad.

Hemos visto cómo la tragedia cotidiana no desaparece, solo cambia de color.

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