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Luz y esquina

Un célebre secretario de Gobernación solía decir que la clave para explicar el éxito de un político mexicano era la misma que la de los boxeadores: “Tener una buena esquina”.  Como se sabe, la esquina es el espacio en el cual se refugian los boxeadores cuando suena la campana que separa un round de otro. En la esquina descansan, les secan el sudor, toman agua, los animan, los limpian, les alivian las heridas y, sobre todo, los aconsejan acerca de la estrategia para continuar la pelea. Un político, decía el maestro Olivares Santana, requiere eso mismo en las tempestades de la vida pública. Sin una buena esquina, los más talentosos se precipitan al vacío, obedecen los impulsos de la soberbia o se limitan a sí mismos por la cobardía. La prudencia o la audacia tienen su momento, y un político sin una “buena esquina”, vale decir un hogar amoroso y una mujer inteligente a su lado, no sabrá medir las aguas para triunfar en el mar proceloso de la grilla.

No he conocido un político mexicano tan apreciado y bien valorado como José Carreño Carlón. Bien visto lo mismo en la izquierda que en la derecha, respetado por los grillos más propensos a la intriga, considerado como uno de los propios entre los tecnócratas, muy aceptado en los selectivos grupos de la diplomacia mexicana y tomado por interlocutor muy serio en los mezquinos y envidiosos círculos de la academia. Siempre he pensado que si alguien encarna a la perfección la justeza de la reflexión de Olivares Santana es el maestro Carreño. Donde otros políticos presumen siempre la multitud de mujeres (y hombres) con quienes duermen o se hacen acompañar, José Carreño Carlón es indisociable de la imagen de su entrañable pareja, su “esquina”, la maestra Luz Fernández de Alba.

Siempre vi al maestro Carreño junto a doña Luz, una mujer con esa mirada experimentada de las personalidades inteligentes, que le escrutan a uno el alma con un solo atisbo. Siempre prudente, no se dejaba impresionar, pero tampoco mostraba desdén por ninguna persona. La conversación de doña Luz llenaba la velada con referencias literarias, anécdotas cinematográficas (fue directora de la Cineteca Nacional) o reflexiones sobre la obra de su admirado Sergio Pitol. Anfitriona magnífica, doña Luz. Al entrar en su casa, uno se sentía invitado a un gran salón del siglo de las luces, dirigido por una aristócrata culta y brillante. Es una impresión unánime que he recogido entre gente de todas las generaciones, pues los Carreño-Fernández eran amigos de gente de su edad, pero también de todas los que veníamos atrás. Como buenos profesores, acogían a los jóvenes y a quienes ya no lo somos, para integrarnos en un ambiente hogareño y familiar. En casi 20 años de trato, jamás he visto a José Carreño Carlón perder los estribos. A los políticos mexicanos les encanta exhibirse enojados para demostrar su “poder.” Carreño no. La única vez que lo vi enojado fue cuando su equipo de beisbol estaba jugando mal cierta temporada. “Pinches naranjeros”, decía irritadísimo mi paisano. Yo lo atribuyo a doña Luz. Nadie puede vivir enojado en tan encantadora compañía. Cercano a los jesuitas, quizá Carreño fue bien visto por la gracia divina, que decidió bendecirlo con una compañera de vida de primer nivel. He conocido poderosos mandatarios y jefes de Estado que no logran esa gigantesca bendición: una pareja a la que amen y los ame en igual proporción. ¿Se le puede pedir más a la vida?

Descanse en paz Luz Fernández de Alba y un abrazo afectuoso, travieso y risueño como ella para el queridísimo maestro Carreño Carlón. 

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