Saltillo, Coah.- Vivimos en una época donde todo parece diseñado para confrontar. Las redes sociales premian el enojo. Los algoritmos impulsan la discusión. Y la política encontró que generar enojo produce más reacción que construir acuerdos.
Las diferencias dejaron de utilizarse para debatir ideas y comenzaron a utilizarse como herramienta para polarizar. Hoy, en muchos espacios políticos, parecería que el objetivo ya no es convencer, construir o encontrar puntos en común. El objetivo es dividir. Crear bandos. Alimentar el conflicto. Mantener a las personas permanentemente molestas, enfrentadas y emocionalmente activadas. Porque el enojo genera atención. Y la atención genera poder.
¿Hace cuánto no vemos acuerdos reales entre partidos políticos?
Hace unos días entrevisté a la diputada con licencia y candidata Luz Elena Morales. Le pregunté qué cosas seguían motivándola a buscar la reelección en el Congreso de Coahuila. Su respuesta me llamó la atención por algo muy simple y muy poco común en estos tiempos: dijo que uno de los valores más importantes que hoy tiene el Congreso local es la capacidad de generar acuerdos entre las diferentes fracciones políticas.
Y aunque pareciera algo normal, en realidad se ha vuelto excepcional.
Porque en un escenario político donde la confrontación da más likes, más vistas y más impacto mediático, la capacidad de dialogar comienza a verse casi como debilidad. Y ahí es donde el debate público empieza a deformarse.
La política dejó de centrarse muchas veces en resolver problemas para centrarse en administrar emociones. Particularmente el enojo, el miedo y la indignación. Y esa lógica comenzó a salirse de la política para instalarse en la vida diaria.
Hoy la gente no discute para entender. Discute para ganar. Para exhibir. Para humillar. Para acumular aprobación digital. Basta entrar a cualquier red social para encontrar insultos, burlas y personas incapaces de escuchar una opinión distinta sin asumirla como una amenaza personal.
Y sí, mucho de esto viene de una dinámica que vemos todos los días, especialmente influenciada por el ambiente político y mediático de Estados Unidos, donde la confrontación permanente se convirtió en espectáculo, estrategia y negocio. Un modelo donde todo parece reducirse a bandos: conmigo o contra mí.
México comenzó a copiar esa lógica. Y las redes terminaron de acelerar el proceso.
Lo preocupante es que esto ya dejó de quedarse en internet.
La violencia digital comenzó a tener consecuencias reales. Amenazas, acoso, hostigamiento, persecución en redes, difusión de contenido íntimo y ataques permanentes. Tanto, que las instituciones tuvieron que adaptarse creando policías cibernéticas y unidades especializadas para atender delitos que hace apenas unos años ni siquiera imaginábamos.
La tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad de convivir. Y mientras los adultos seguimos atrapados en esta dinámica de confrontación constante, hay una generación completa creciendo en medio de ella.
Niños viendo cómo los adultos convierten cualquier diferencia en agresión. Aprendiendo que todo debe grabarse, exhibirse y reaccionarse públicamente.
Durante muchos años, el norte construyó parte de su identidad en la capacidad de ponerse de acuerdo. Aquí las diferencias existían, pero había algo más importante: seguir construyendo comunidad. El crecimiento de muchas ciudades del norte ocurrió gracias a la colaboración entre sociedad, iniciativa privada, universidades, medios e instituciones, aun cuando no todos pensaran igual.
Hoy también el norte está cambiando. Son ciudades más modernas, más conectadas, más globales y más competitivas. Pero mientras construimos ciudades más grandes y más desarrolladas, también tendremos que preguntarnos qué tipo de convivencia estamos construyendo dentro de ellas.
Porque ninguna región crece de verdad si pierde la capacidad de convivir.
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