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La presidenta del odio

No es ningún secreto que Claudia Sheinbaum no tiene buen carácter. La hemos visto regañando a Alfonso Durazo y en sus giras a la gente que no la deja hablar. Es fama que en sus reuniones de gabinete alza la voz a sus subordinados. En sus conferencias matutinas a duras penas se contiene con los periodistas que se salen del guion y la confrontan. Con odio apenas disimulado declaró hace algunos días que “la derecha es el odio”.

¿Qué significa el odio y la descalificación de Sheinbaum a la derecha? Significa que odia el pluralismo y la diferencia. Significa que desprecia a millones de mexicanos que no se identifican con la izquierda. Pero su odio tiene un circuito más amplio. Sheinbaum ha demostrado que odia a las madres buscadoras, por eso nunca se ha reunido con ellas, porque representan el fracaso de su política de seguridad. Sheinbaum odia a la oposición, a la que nunca ha querido recibir, porque no apoyan su proyecto político aunque representen a un amplio sector de la población. La presidenta parece odiar la libertad de expresión, por eso consiente los intentos de censura orquestados en varios lugares del país con el apoyo de los tribunales; por eso alienta que los medios de comunicación despidan a sus elementos más incómodos; por eso la mayor parte de las preguntas que le dirigen en sus conferencias se las hacen periodistas paleros; por eso no ceja en su intento de imponer una ley censura que se disfraza de “derecho de las audiencias”. Sheinbaum desprecia a todo aquel que la contradiga. Conserva la cabeza fría sólo con Trump, con los mexicanos que disienten de sus cifras y de sus razones se altera, alza la voz, regaña y pierde la compostura. El que dirige a la oposición es un discurso de odio.

Si no odio, Sheinbaum ha demostrado en los hechos un profundo desprecio por la democracia. ¿Por dónde comenzar? ¿Por la forma en que avaló y sigue avalando la narrativa del fraude en 2006, que no fue sino un torpe intento de López Obrador por dar un golpe de Estado blando? ¿O por la campaña anticipada un par de años antes de las elecciones de 2024 en la que recorrió el país y ejerció un gasto multimillonario de origen oscuro para tapizarlo con su imagen? Más de cincuenta intervenciones de López Obrador reconoció el Tribunal Electoral a favor de Sheinbaum, algo impropio de una demócrata. Ya en el poder, ¿qué si no desprecio a la democracia fue la elección judicial y sus candidatos electos gracias a los acordeones? De dientes para afuera Sheinbaum se dice demócrata, ¿pero qué clase de demócrata ordenaría a su partido hacerse del control total del instituto electoral mediante la elección amañada de sus consejeros?

El odio de Sheinbaum a la democracia se acompaña de un discurso amoroso y tolerante a la dictadura cubana. Cuando en sus conferencias le han señalado a Sheinbaum que en Cuba no hay elecciones libres porque sólo existe un partido, ella con enojo responde: “Esa es tu opinión”. Así, Sheinbaum intenta rebajar verdades irrefutables a meras opiniones para disimular que apoya a la dictadura y que, por lo tanto, desprecia a la democracia, en Cuba y en México. 

 El odio es un sentimiento negativo. No permite ver con claridad. A la presidenta la domina la envidia, por ejemplo, a María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, porque representa la opción democrática en Venezuela. “Sin comentarios”, responde con desdén cuando le piden su opinión sobre ella.

La dictadura cubana es para Claudia Sheinbaum “una opinión”. Para la líder democrática venezolana “no tiene comentarios”. Para la oposición mexicana reserva su desprecio, con descalificaciones y una postura excluyente. Su modelo político ideal para Venezuela, Cuba y México es la autocracia, la concentración de poder en una sola persona: ella, sólo ella, por esa razón odia la libertad de expresión, las elecciones sin control del partido oficial y la oposición que no sea de izquierda.

El pasado lunes en Teotihuacán pudimos ver en directo qué consecuencias tiene la difusión de este discurso de odio y manipulación dirigido desde el poder, preludio de la violencia.

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