Juan Rulfo murió el 7 de enero de 1986 en la Ciudad de México, a los 68 años, a causa de cáncer pulmonar. Pero la muerte, en su caso, fue apenas un trámite: su obra lo había vuelto eterno desde mucho antes. Hoy se cumplen 40 años de aquel día en que Don Juan “se mudó” de forma definitiva a Comala, ese territorio de murmullos y sombras donde los muertos siguen conversando y donde la literatura en español cambió para siempre.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno —conocido universalmente como Juan Rulfo— fue escritor, guionista y fotógrafo. Con una obra breve, concisa y profundamente poderosa, revolucionó las letras hispanas y se consolidó como uno de los autores más influyentes de la literatura latinoamericana del siglo XX. Pedro Páramo, publicada por primera vez el 18 de julio de 1955, marcó un hito en la literatura mexicana y mundial. Desde entonces, esa novela no ha dejado de leerse, releerse y escucharse como un eco que atraviesa generaciones. Traducida a más de 50 idiomas, sigue siendo una obra fascinante, universal y viva.

Junto con El llano en llamas, Rulfo dejó un legado que demuestra que no se mide la grandeza por la cantidad de libros, sino por la profundidad de su mirada. En Pedro Páramo, la travesía de Juan Preciado hacia Comala —ese pueblo prometido por la memoria materna— se transforma en un descenso a la desolación, al peso del pasado, a la muerte y al dolor de los recuerdos. Rulfo escribió desde una era prerrevolucionaria marcada por la pérdida, la sequía y el abandono, pero sus palabras siguen dialogando con el presente.
Nacido el 16 de mayo de 1917 en Jalisco, Rulfo pasó su infancia en San Gabriel, en un México convulso que marcaría para siempre su sensibilidad. La violencia temprana —el asesinato de su padre en 1923 y la muerte de su madre en 1927— lo llevó a Guadalajara y más tarde a la Ciudad de México. Intentó estudiar Derecho en la UNAM, pero el destino lo condujo a la Facultad de Filosofía y Letras como oyente. En medio de tantos cambios, la literatura se convirtió en su única certeza, en su casa permanente.

Además de escritor, Juan Rulfo fue un fotógrafo excepcional. Apasionado de la montaña y del viaje, recorrió el país a pie, en tren o en burro, con una cámara Rolleiflex colgada al pecho. Entre los años cuarenta y cincuenta, mientras trabajaba para instituciones como el Instituto Nacional Indigenista y la Comisión del Río Papaloapan, tuvo acceso a regiones apartadas de México. De esos trayectos surgieron más de seis mil fotografías, imágenes de un país rural, silencioso y brutalmente bello. Susan Sontag llegó a afirmar que “Juan Rulfo es el mejor fotógrafo de América”.

Su archivo fotográfico ofrece otra forma de leer México, sin ornamentos, sin concesiones. Es un registro de la espera, la fe, la sequía, la vida fuera de foco. Muchos de sus negativos, cartas y documentos son resguardados por la Fundación Juan Rulfo, que ha permitido la publicación de libros fundamentales como 100 fotografías de Juan Rulfo, Los murmullos y Tríptico para un silencio.

La influencia de Rulfo es inmensa. Gabriel García Márquez fue uno de sus lectores más entusiastas y reconoció abiertamente su deuda: “El escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros”, confesó alguna vez. No es exagerado decir que, sin Rulfo, buena parte de la literatura latinoamericana no sería la misma.
A cuarenta años de su partida, Juan Rulfo vive en las páginas que murmuran, en las fotografías que miran de frente, en Comala, que nunca termina de morir. Su silencio, lejos de apagarse, continúa hablando con claridad.

